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Epílogo

Abstract

This is the Epilog for José Calvo González's book on juridical marginalia on the manuscript known as "Smithfield Decretals", Royal Ms 10 E.iv, preserved at the British Library

Jesús R. Velasco. “Epílogo”. José Calvo González. Marginalias jurídicas en el ‘Smithfield Decretals’. Valencia: Tirant Humanidades, 2016: 109-117.

Book cover

“El ilustrador, aparentemente, había resistido, si no renunciado, a la pretensión de expresar visualmente una idea más abstracta y trascendente de Justicia  frente a tantas  concretas y particulares injusticias.” (José Calvo González)

“Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.” (Jorge Luis Borges, “La lotería en Babilonia”)

Cualquiera que llegue a estas páginas debería haberlo hecho después de haber leído las anteriores. No debe esperar, por tanto, un resumen de lo publicado, o una valoración general del trabajo de José Calvo González (JCG). Sólo unas breves notas circulares, marginales, de un lector. Debo confesar que, de ser pintor, habría preferido hacer este epílogo utilizando los medianiles y márgenes, todos y cada uno de los espacios en blanco dejados por el texto de JCG, para ilustrarlo con dibujos, escenas, historias, emblemas. En estos, tal vez no habría intentado ofrecer conceptos transcendentes o abstractos con los que coronar las ideas del libro que ocupa el centro. Más bien habría querido descender a las cloacas a buscar los desperdicios, todo aquello que comúnmente se escapa de entre los dedos de los historiadores y acaba por ser desechado y olvidado, deglutido quizá con intención de asimilarlo, pero luego deyectado y situado en zonas de la existencia donde no puedan hacer daño. Lejos de las disciplinas, lejos de lo disciplinario, en un espacio-otro.

La palabra con la que la lengua inglesa traduce la palabra “medianil” es el mismo que se usa para referirse a la cloaca gutter. La cloaca, precisamente. Se trata, en efecto, del pequeño canal en blanco entre los márgenes o columnas del libro, por el que descienden los conceptos que quedan como indigestos por el texto. Un texto, un libro, es un cuerpo, el corpus iuris, por ejemplo; la codificación de un texto jurídico, su sistematización o comentario es, a veces, el proceso de digestión, como el Digestus novus o el Digestus vetus, o incluso el reader’s digest. Lo que se desliza por las cloacas a veces se pierde del todo y para siempre, pero a veces se transforma en otra cosa. Textos que se acumulan en los márgenes de los libros durante generaciones, simples marcas dejadas por un lector casual, o grandes proyectos pictográficos, como el que analiza JCG, que andan a la busca de otra cosa, de un derecho-otro.

Uno de los mitos que hace de soporte a la disciplina del derecho es que este pertenece a todos y a todos por igual. Como señaló Martin Jay, “El velo sobre los ojos de Justicia sirve para mantener la ficción de que cada uno de los juicios que se lleva ante ella es un caso de algo más general, equivalente a otros casos semejantes y que puede subsumirse bajo un principio general.”1 Es también Martin Jay quien recuerda a sus lectores que la primera imagen de que disponemos de una Justicia con los ojos velados es aquella en la que der Narr, el loco bufón, ciega los ojos de aquella con un pañuelo de tela en uno de los grabados del libro de Sebastian Brant, Das Narrenschiff, La Nave de los Locos (1494). 2  La justicia entre la ceguera de lo general y la agudeza visual de lo particular es, a mi parecer, una de las cuestiones más importantes que JCG se quiere dedicar a estudiar.

He seleccionado la cita que encabeza este epílogo precisamente por esto. Pero cabe preguntarse si el ilustrador ni se resistió ni renunció a lo más abstracto y transcendente, sino que más bien tomó la decisión, eminentemente política, de romper los lazos de la venda de Justicia para poder mostrar con todo su poder visual e imaginario los detalles más ínfimos y los detalles más íntimos del proceso y, en particular, del proceso penal. Eso es lo que, en mi opinión, supone la gran aportación teórica de JCG: para poder romper el caparazón de un derecho que se presenta autónomo y universal, es preciso investigar ese derecho-otro.

En las lecciones que Michel Foucault impartió en el Collège de France en 1971-1972, Théories et institutiones pénales, este propuso como una de sus tesis que “lo penal es, de cabo a rabo, político.” 3 Mi impresión es que la lectura del derecho-otro que JCG teoriza a partir de su aguda lectura de las glosas pictóricas de las Decretales de Smithfield 4 constituye, precisamente, una tesis fundamental para poder averiguar el modo en el cual se establece el vínculo involuntario, pero necesario, entre una disciplina jurídica autónoma y autopoética, y la absoluta necesidad de establecer una lectura política de la justicia penal. El derecho-otro de JCG es, a mi modo de ver, una manera de retirar la venda de los ojos de la Justicia, y una manera crucial de devolver el derecho a la discusión de lo político y a la fábrica de lo social.

Por supuesto, uno puede y debe preguntarse por qué sería necesario proceder a esa reflexión mirando un texto de la Edad Media cuya belleza y majestuosidad han producido enorme perplejidad a historiadores del arte y más bien indiferencia a los historiadores del derecho. Es su presencia estética la que ha causado mayor ceguera: hay tanto que ver, que produce casi parálisis, en una especie particularmente perversa del síndrome de Stendhal. JCG rompe con esa doble dinámica con el único propósito de producir incomodidad a quienes encuentran su mayor seguridad en el interior de las normas de reproducción de la disciplina universitaria que practican.

Me atrevería a decir que la tesis de JCG es semejante a la siguiente: si uno quiere de verdad establecer un puente entre las torres de marfil de disciplinas universitarias e instituciones por un lado, y la existencia social más palpitante, lo que debe hacer es romper la dinámica que rige la idea que la historia intelectual está separada de la vida social. La historia intelectual es vida social, porque su misión es identificar las ideas y hábitos que hemos naturalizado, para poder revelar el modo en que actúan de manera a veces siniestra en los subterráneos de la historia, en las cloacas de la historia. Para poder proceder a ese revelado, no basta con mirar al presente, sino que hay que encontrar otro origen genealógico, otro lugar donde las grandes tesis de –en este caso—el derecho-otro empiezan a manifestarse y a establecer su propio lenguaje –que puede ser verbal o puede ser figural o imaginario, como lo es en el caso ahora analizado por JCG.

Entrar en ese diálogo con las cloacas del pasado permite en cierto modo abrazar la perplejidad que causa el productivo, pero tremendamente inquietante contacto entre las distintas disciplinas que se disputan el análisis político y social: historia, derecho, estética, literatura. Sin embargo, ese diálogo requiere de enorme valentía, especialmente si quien lo lleva a cabo es alguien se le ha encomendado la tarea de ser uno de los guardianes del edificio del derecho –al fin y a la postre, JCG es catedrático de Teoría del Derecho y Filosofía del Derecho en la universidad. Cualquier que recuerde la narración de Kafka, sabe que este edificio tiene las puertas abiertas para sus clientes; el portero que protege el vano que da entrada a La Ley (Gesetz, no Recht) infunde un temor tal sobre el cliente individual, que este no se atreve siquiera a entrar. El campesino ignorante de la ley no puede sino morir ante los umbrales férreamente guardados, mientras el portero con bigotes tártaros cierra las puertas. Este guardián que responde a las siglas JCG, sin embargo, opera ahora de otra manera: en un libro anterior, se introducía en las cárceles para escuchar las canciones de los internos; en una colección de ensayos, reunía a personas de diferentes orígenes para cuestionar, con las preguntas de la literatura, la sorda autonomía del derecho; y ahora se interna por el universo de imágenes dejadas hace mucho tiempo en los márgenes de un pergamino para señalar el modo en que un derecho-otro, otro derecho, más justo, más bello, pronuncia las preguntas más difíciles.

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