[PhD Dissertation Synopsis] Coordenadas materiales de la industrialización en el mapa simbólico de la Restauración española

La crisis económica que vive actualmente España 1 nos ha hecho olvidar que hasta hace poco el país podía considerarse una nación relativamente avanzada en materia científica e industrial. Basta señalar, por citar un ejemplo pertinente al argumento que quiero presentar en este artículo, que el país cuenta con una de las redes de trenes de alta velocidad más grandes del mundo2. La percepción positiva de avance y modernización derivada de estos logros materiales, sin embargo, habría sido inconcebible hace apenas unas cuantas décadas e imposible a finales del siglo XIX. Aunque distintos historiadores y críticos culturales han cuestionado en los últimos años la idea del fracaso industrial peninsular, se puede afirmar que hasta la segunda mitad del siglo XIX España era todavía una nación atrasada en términos materiales (con una industrialización incipiente) e institucionales (con un fuerte arraigo a los modelos sociales del Antiguo Régimen)3. En este contexto, el proceso de industrialización —lo que podríamos denominar revolución industrial española— se caracterizó por ser una dinámica conflictiva en la que se hicieron evidentes muchas de las incompatibilidades ideológicas prevalentes en los distintos sectores sociales y políticos del país.

En España el apogeo de la industrialización coincide con un momento de fuerte agitación política y social derivada en gran medida del fracaso en los intentos de renovación progresista del Estado y de una complicada dinámica de clases, consecuencia, entre otras, del crecimiento urbano y la aparición de nuevas formas de circulación del capital. Una de las cuestiones fundamentales a la que apuntaban los proyectos de modernización estatal en este contexto era la referente a la identidad: hasta qué punto era posible pensar en romper con un pasado en el que se habían forjado los rasgos fundamentales del carácter nacional. No sería hasta bien entrado el siglo XIX que la fuerte incompatibilidad entre los modelos sociales tradicionales y las dinámicas progresistas del desarrollo industrial terminaría demandando la completa reevaluación de esta identidad. Desde la crítica cultural, en este artículo analizo algunas instancias clave de este proceso de resignificación y el impacto que tuvieron sobre la producción escrita del periodo. Mi objetivo es aproximarme de forma innovadora al problema de la modernización industrial española en tanto fuerza de transformación cognitiva y agente de renovación simbólica.

La industrialización afectó tanto la capacidad del individuo de percibir y relacionarse con su entorno, como las bases mismas desde las que se evaluaba el concepto de nación e identidad nacional; supuso, si se quiere, una revolución simbólica dentro de la revolución industrial española, que cambió la forma de entender, interpretar y prescribir la sociedad. Una forma de visualizar la extensión de este proceso de reajuste simbólico es pensar por ejemplo en la manera en que distintas metáforas tecnológicas del ámbito informático han ido replanteando en años recientes nuestra forma de asimilar la realidad y nuestra propia interpretación de ciertas dinámicas sociales —desde la dislocación de la información en el espacio abstracto de lo que ahora se conoce como nube hasta los distintos aspectos de las demarcaciones de lo público y lo privado impuestas por las redes sociales—. En la traslación desde lo puramente técnico a lo meramente simbólico, el sustrato alegórico de estos adelantos altera nuestra lectura de las distintas problemáticas sociales y culturales —sean estas proyectos políticos, planes de reforma económica, iniciativas sociales, obras de arte o en general cualquier mecanismo de significación de carácter colectivo—.

A mi modo de ver, en la España decimonónica se vivió un proceso similar. En el contexto industrial, distintos sectores de la sociedad entendieron a su manera la capacidad transformadora del progreso material y la proyectaron en su diagnostico de los problemas nacionales. Dos grandes perspectivas confluyeron en este espacio de negociación simbólica: el apego a las estructuras institucionales del pasado, por una parte, y la fascinación por las posibilidades de cambio y renovación que ofrecía la modernización, por la otra. Antes de adentrarnos en la reflexión teórica y el análisis textual, veamos con un ejemplo cómo llegó a operar esta tensión ideológica en el ámbito del discurso.

En la inauguración del curso del Ateneo de Madrid de 1882, Antonio Cánovas del Castillo, historiador y político conservador, primer ministro e ideólogo del sistema político sobre el que se estructuró el Estado nacional durante el último cuarto del siglo XIX y parte del siglo XX, pronunció un discurso en el que expuso sus ideas sobre la nación y la nacionalidad. En un extenso paréntesis al comienzo de su intervención, el político malagueño se detuvo en explicar cómo las recientes disputas filosóficas y el materialismo científico habían desviado la atención de asuntos que él consideraba decisivos para la sociedad. La crítica de Cánovas se dirigía a reprobar la acogida que había tenido en España tanto el pesimismo filosófico de autores como Schopenhauer, como el optimismo materialista del pensamiento positivista. Insistiendo en que mientras el entendimiento humano siguiera cautivo en intentar separar lo material de lo espiritual, no sería posible esclarecer cuestiones como el origen del movimiento o el libre albedrío:

que ni la finalidad de la naturaleza debe ser descontada de la ciencia, por más que se halle en manifiesta contradicción con la tesis de que el Universo consiste en un puro mecanismo, ni cabe negar el libre albedrío, aunque sea cierta la ley matemática e ideal de la conservación absoluta de la cantidad existente de energía o de fuerza; [siendo este el caso,] la materia, tal y como se la presenta en los nuevos sistemas, merece “infinitamente menos respeto” para la ciencia “que lo absoluto teológico”. (60)

En síntesis, que la ciencia y el desarrollo que esta acarrea solo podían ser útiles si, más allá de lo material, apuntaban también hacia lo espiritual.

Las razones por las que una digresión de este tipo tenía cabida en un discurso cuyo tema central es la nación exponen puntualmente la tensión entre dos espacios simbólicos cuya incompatibilidad era cada vez más marcada a finales del siglo XIX. Con la esperanza de integrar lo que el político llamaba la “nueva ciencia” a una idea de nación necesariamente ligada a un orden universal, Cánovas otorgaba a la nación una condición natural que era a la vez extensión de la voluntad divina. Así, desde su perspectiva, los principios sobre los que se estructuraba la sociedad, la nación y la nacionalidad debían coincidir tanto con los planteamientos científicos como con los lineamentos religiosos.

Cánovas no fue el único intelectual y político enfrentado a este complicado problema ideológico. En términos generales y desde sus propias disciplinas, los pensadores de la época proponían en sus textos novedosos mecanismos para lograr armonizar los ámbitos simbólicos del pasado con las transformaciones materiales presente. Esta constante negociación del impacto industrial en el imaginario cultural sitúa el proceso de industrialización más allá del espacio social autónomo con el que lo describe Pierre Bourdieu, y lo convierte más bien en el lugar de convergencia de los que se han entendido separadamente como campos científico, político y cultural4. Al condensar estos espacios de interacción, el concepto que propongo de campo material permite entender la relación que existe entre la producción discursiva y las problemáticas socio-políticas y materiales del progreso, trascendiendo, de esa forma, las aproximaciones al fenómeno industrial como un aparato generador de temas y problemas que luego recrea, critica o reformula la literatura. En su lugar, el campo material expone la forma en que la industrialización genera nuevos repertorios simbólicos y cómo estos se usan como base de la producción discursiva del periodo.

La relación entre ciencia, desarrollo tecnológico, progreso material y producción cultural está condicionada entonces por variables sociales e históricas particulares que interactúan hasta producir nuevas codificaciones de la realidad. Esto es precisamente lo que ocurre durante la segunda mitad del siglo XIX una vez el darwinismo o la termodinámica trascienden su entorno científico y se incorporan al imaginario cultural. En las interpretaciones que proveen estas teorías, un grupo particular de conceptos e imágenes científicas determinan la lectura de las distintas problemáticas sociales. A mi modo de ver, la industria minera y siderúrgica opera de forma similar. La imagen del proceso de extraer y manipular el hierro no solo sintetiza las actividades centrales de la industrialización peninsular en sus principios elementales de energía, trabajo y movimiento, sino que además funciona como alegoría de la transformación social e identitaria que se genera en su seno. Con las coordenadas materiales que ofrecen estas tres imágenes, lo que denomino siderurgia social es precisamente la lectura particular que hacen los escritores, políticos, científicos y demás autores de la realidad nacional inmersa en el campo material de la industrialización.

Con este marco de referencia, este artículo se dividirá en cuatro secciones. En la primera describo brevemente las bases teóricas sobre las que se construye el concepto de campo material y los principios que sustentan la idea de la siderurgia social como instrumento de interpretación. En las partes restantes, hago una lectura de tres obras en las que puede verse particularmente la influencia de las coordenadas materiales de la industria (energía, trabajo o movimiento) en el diagnóstico, prescripción y tratamiento de los problemas nacionales. Se trata de textos que resaltan la capacidad de la modernización para modificar el entorno y reconfigurar la sociedad. Escritos en diferentes momentos durante la segunda mitad del siglo XIX, estas obras exponen la cambiante interrelación entre el devenir histórico y el campo cultural. El papel de los escritores en este contexto será por tanto el de traductores: mediadores con la habilidad de utilizar el desarrollo industrial como un lenguaje para entender los problemas nacionales y responsables de la incorporación de nuevas coordenadas materiales para enriquecer esta interpretación de la realidad. Este artículo avanza el conocimiento sobre este proceso cognitivo en la España de entre siglos y muestra la forma en que produjo formulaciones innovadoras acerca de la nación, la identidad y el futuro del país.

Campo material y Siderurgia social

La relación entre desarrollo industrial y producción cultural en España constituye una línea de indagación sobre la que se han hecho importantes aportes en las últimas décadas5. Pese a esto, hasta ahora no se ha prestado suficiente atención al cambio epistemológico que supuso el desarrollo industrial. Con el desplazamiento hacia nuevas formas de pensamiento se incorporaron una serie de variables espacio-temporales que tuvieron importantes efectos sobre la forma de percibir la realidad6. En ese contexto, los ritmos particulares que impuso la modernización entraron en resonancia con las dinámicas de la masificación y el capitalismo industriales; dos fuerzas que adquirieron nuevos matices frente al rápido crecimiento urbano y la circulación de la riqueza. Las nuevas formas de mediación entre la materialidad industrial y su representación en medio de estas transformaciones reconfiguraron entonces el sentido mismo de cohesión y pertenencia a una colectividad, y con estos, la idea de nación e identidad nacional7.

Es precisamente a este respecto que los estudios de cultural material resultan de gran utilidad en la conceptualización del campo material y la siderurgia social. Particularmente importantes son las ideas de Rom Harré y Arjun Appadurai sobre la significación social de los objetos, o lo que cada cual a su modo define como vida social del objeto8. Bajo este parámetro, la producción de significado depende de la interrelación entre objetos, sujetos y discurso. Todos los escritores que estudio a continuación proponen de alguna manera la abstracción de la nación como parte de una maquinaria social en la que el diálogo entre lo material y lo simbólico determina su lectura particular de la situación del país. Según propone Harré, los espacios de producción discursiva y de generación de significado que se dan en este contexto pertenecen a dos órdenes: el nivel práctico y la dimensión expresiva. En el nivel práctico, la industrialización es una herramienta con la capacidad de hacer más efectivo el progreso nacional. En el orden expresivo, el desarrollo industrial es un emblema de los logros científicos y tecnológicos, una metáfora de las posibilidades de la sociedad.

Los tres niveles descritos —práctico, expresivo y perceptivo— son el trasfondo sobre el que se puede delinear el marco conceptual en el que se gestan las nuevas representaciones de la sociedad. A la naturaleza semiótica de los objetos mismos, ya reconocida por los estudios de cultura material, me interesa añadir la perspectiva que supone la mediación de la producción cultural y literaria. El campo material de la industrialización se define entonces a partir de la intersección entre los conceptos de campo cultural y campo discursivo postulados por Pierre Bourdieu y Michel Foucault, respectivamente. Estas nociones, estrechamente relacionadas, cobran un sentido particular cuando se incorporan al estudio de una sociedad en la que interactúan con especial intensidad los marcos ideológicos que sustentan el desarrollo industrial y los proyectos de consolidación nacional.

En el caso de Bourdieu, por ejemplo, el campo cultural se define como un espacio dinámico en el que la posición que ocupan los actores determina el tipo de relaciones que puede establecerse entre ellos, a la vez que condiciona las normas que rigen la producción simbólica. Un campo cultural (relacionado con la literatura, la pintura o cualquier otra expresión artística), por tanto, no es únicamente el contexto en el que se crean las relaciones entre los distintos agentes culturales, sino un espacio donde se establecen las diferentes posibilidades de interacción social9. Si se tiene en cuenta, además, que la relación entre sujetos, objetos y discurso en el contexto industrial se construye de manera simbólica y es principalmente de orden semiótico, es decir, que se fundamenta en la producción de significado, el concepto de campo discursivo de Michel Foucault resulta igualmente pertinente. Para Foucault, la definición de discurso no está asociada exclusivamente al aspecto lingüístico; por el contrario, el discurso alude tanto al lenguaje como a la práctica, a la enunciación como a la acción —es todo lo que puede enunciarse y va más allá del texto, centrándose en las relaciones que permiten su producción y en el edificio de conocimiento que constituyen—10. Estas consideraciones conceptuales encajan con las negociaciones simbólicas que tienen lugar dentro del campo material de la industrialización. Se trata pues de un espacio en el que es posible explorar, desde lo discursivo, las diferentes instancias de reformulación de los sistemas de representación con los que los autores asimilan de una u otra forma el avance industrial.

En síntesis, mientras los estudios de cultura material se concentran en la vida social del objeto —incluyendo su dimensión semiótica y su aspecto práctico—, el estudio del discurso de Foucault permite además ver la forma en que la dimensión expresiva o perceptual de un objeto, más allá de la experiencia directa, es conocimiento discursivo y por lo tanto entra a hacer parte del texto. Por otra parte, Bourdieu hace énfasis en la producción cultural desde unas posiciones específicas que están ligadas a estados y problemáticas sociales y que ofrecen información sustancial sobre los actores involucrados. En la confluencia de estos tres espacios, el campo material facilita entonces no solo el estudio de las relaciones entre distintos autores o la producción discursiva con la que estos contribuyen al conocimiento de la sociedad, sino también la interacción entre ambas dinámicas y la materialidad de objetos ahora constitutivos de la cultura. Un ejemplo de esto es la construcción de nuevos repertorios simbólicos mediante la apropiación de imágenes, conceptos e ideas provenientes del ámbito industrial —lo que he denominado siderurgia social, que los distintos autores, desde su posición en el campo material, utilizan para idear proyectos de consolidación nacional—.

La experiencia de los procesos de industrialización, y su respectivo impacto en la siderurgia social, sin embargo, no puede limitarse únicamente a lo conceptual. Las convenciones metafóricas a partir de las cuales se constituye el espacio discursivo de la modernización dependen también de las nuevas percepciones que esta produce en el ámbito de la experiencia. Hay por tanto una interiorización de las condiciones históricas y sociales que termina matizando necesariamente las distintas reacciones (positivas al igual que antagónicas) de los autores frente a la modernización material. Igual ocurre con la apropiación de los fundamentos conceptuales y operativos de dichos avances. El resultado de este proceso son las diversas soluciones que se proponen a las cuestiones que aquejan la economía y la cultura y que reflejan el carácter dinámico, múltiple e incluso contradictorio del continuo simbólico del desarrollo industrial.

En este ámbito dinámico y complejo, lo que tradicionalmente se ha entendido como desarrollo desigual o irregular de la modernización peninsular apunta más bien a una especificidad del caso español que se refleja en las múltiples formas de asimilar el cambio tecnológico11. En las diferentes siderurgias sociales que analizo a continuación se da cuenta de la compleja evolución de este proceso y la forma en que suplementa o subvierte los distintos proyectos nacionales. Empiezo mi análisis con dos intervenciones públicas de José Echegaray, para luego revisar, en el ámbito de la novela y el relato corto, obras de Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. En el trabajo de los dos primeros, y en menor medida en el caso de Pardo Bazán, estas proyecciones simbólicas problematizan la tensión ideológica entre tradición y progreso y proponen la ruptura, la reformulación o la revisión del pasado como un paso necesario en la modernización nacional. A grandes rasgos, los tres autores proponen mecanismos para intentar conciliar en la práctica la identidad y el progreso material.

La energética como retórica social

En la creación de nuevos espacios de metaforización para negociar la complejidad perceptiva y cognitiva de la industrialización, las ciencias físicas, y en particular el estudio de la energía, tuvieron un papel central. Tanto así, que muchas de las figuras más prominentes de la intelectualidad española de finales del siglo XIX se apropiaron en sus escritos de conceptos energéticos derivados de la termodinámica y su estudio. José Echegaray fue uno de los pensadores más activos a este respecto. Las intervenciones publicas del autor incorporan ideas relacionadas con el calor, la fuerza y la energía para resaltar las falencias de una sociedad que no logra desarrollar su capacidad de crecimiento debido a los fuertes vínculos simbólicos que mantiene con el pasado. Para Echegaray la industria ofrece una oportunidad única de “vencer” la inmutabilidad del carácter nacional a través del esfuerzo conjunto de la población. En este contexto, el conocimiento científico se impone como mecanismo privilegiado en el diagnostico y tratamiento de las dolencias nacionales. El principal obstáculo a esta propuesta radica en la carencia que sufre España de condiciones y garantías estatales para poder potenciar la innovación y el desarrollo de la ciencia.

Echegaray responsabilizaba de estas deficiencias a la Iglesia católica y al papel que esta ha jugado en la historia del país: “[M]al puede tener historia científica, pueblo que no ha tenido ciencia … sino sólo … látigo, hierro, sangre, rezos, braseros y humo” (Discurso ante la Real Academia de Ciencias 101). El problema español era entonces un mal de profundas raíces ideológicas e identitarias en el que el pasado y la tradición, y sus defensores a ultranza (Iglesia y aristocracia—de ahí las alusiones a los sistemas feudales y a las ceremonias religiosas con términos como “látigo”, “rezos”, etc.), condicionaban las bases sobre las que se intentaba consolidar el proyecto de modernización nacional.

La tensión entre ciencia y religión había llegado a un nivel crítico en la segunda mitad del siglo XIX debido al temor que despertaban los recientes descubrimientos en campos como la termodinámica o la biología. Este nuevo conocimiento cuestionaban el dogma católico en sus principios fundamentales y había generado un fuerte debate en las esferas intelectuales de la época12. En esta tensión entre los dogmas científicos y religiosos, las ideas del filosofo alemán Karl Christian Friedrich Krause, importadas a España por Julián Sanz del Río hacia 1850 y propagadas a partir de 1868 por un grupo importante de intelectuales, entre los cuales se encontraba Echegaray, fueron fundamentales. El krausismo encontró sus seguidores más importantes en la naciente burguesía liberal, que se planteaba la racionalización de la cultura española y creía en la posibilidad de armonizar modernización y espiritualidad13. La idea krausista del hombre como centro de la sociedad y único responsable del porvenir de la nación, por ejemplo, puede encontrarse al centro de muchas de las intervenciones públicas de Echegaray. Veamos, entonces, cómo convergen estas ideas en la siderurgia social que plantea el autor.

Para Echegaray, como ocurría con Cánovas en el ejemplo citado al comienzo de este trabajo, la virtud, la belleza y la verdad son algunos de los rasgos que hacen de la ciencia el medio privilegiado para alcanzar el conocimiento. Estas cualidades ubican el razonamiento científico en el centro de una nueva espiritualidad que ya no depende de los dogmas o de la Iglesia, sino que es al mismo tiempo subjetiva y universal. Evocando la creación de un Estado capaz de proveer libertades ideológicas y de dar énfasis al progreso, en una de sus intervenciones frente a las Cortes Constituyentes en 1878, el autor puntualizaba la necesidad de convertir esta espiritualidad en acciones palpables. Para él, las ideas y el conocimiento son abstracciones que por sí mismas carecen de fuerza y no generaran beneficios concretos para la nación:

¿Habéis visto flotar en el cielo esas blancas neblinas, esos trasparentes tules, esas gasas de sutilísimas mallas, que ya caen en profusos pliegues en el fondo de los valles, ya se rompen en las crestas de las montañas, ya cubren pudorosamente el azul del cielo? ¿Qué son? Vapor de agua, agua diluida, agua en un estado tenuísimo de densidad, y en ese estado parece que nada son. En ese estado las neblinas del cielo son impotentes para todo; no son una fuerza: el soplo del viento las disuelve, un rayo de sol las evapora; son la idea flotante en la región del pensamiento; son la idea científica vagando en la región de las abstracciones. Es bella, es hermosa, está llena de promesas; pero, como está llena de promesas toda ilusión. Mas encerrad ese vapor en las entrañas de una locomotora, dadle temperatura, dadle un organismo, dadle, por decirlo así, carne de metal, dadle palancas de acero, dadle grandes ruedas, colocadlo todo sobre dos carriles, y aquello que parecía impotente, que parecía una ilusión, se convierte en una inmensa fuerza industrial, que pasa por encima de los abismos, que rompe las entrañas de la montaña que de él se burlaba antes, y que hace estremecer el espacio con sus poderosos silbidos. (727)

Echegaray acá es científico, político, poeta; está consciente, a un nivel, del papel que juegan en la percepción de la realidad objetos como el hierro, las ruedas, los rieles etc., y a otro, de sus posibilidades para hacer que el país alcance el anhelado sueño de su modernización. Haciendo referencia a principios físicos como el de la transformación de la energía, en el pasaje las ideas dejan de ser “tenues” neblinas, “impotentes para todo”, siempre que su potencial pueda transformarse en dinamismo; tal y como ocurre con el vapor de agua dentro de una locomotora. De esta forma es posible producir una fuerza capaz de “romper las entrañas de la montaña”, obstáculo que como el apego a la tradición finalmente se supera gracias a la capacidad transformadora del desarrollo industrial.

Este mismo idealismo, en el que la transformación de la sociedad puede hacerse concreta mediante el trabajo, abre la puerta a un progreso propiamente español en el que los rasgos más complejos de la identidad se (re)articulan en favor de la productividad. La importancia del trabajo como una ética fundamental para el hombre moderno es una referencia constante en las intervenciones públicas de Echegaray. La conferencia “Aplicación de las fuerzas naturales a la industria y al comercio”, parte de un ciclo de charlas dictadas en el Círculo de la Unión Mercantil de Madrid entre 1879 y 1880, recurre a alusiones similares.

En esta intervención los distintos espacios de producción industrial comparten una misma dinámica transformadora: “todas las industrias en el fondo, [sic] consisten en aproximar ó separar masas finitas ó infinitamente pequeñas ó en vencer resistencias á lo largo de determinados caminos, y esto no es otra cosa más que desarrollar trabajos mecánicos” (112). El principio de transformación de energía en trabajo es por tanto universal y guarda una continuidad histórica en tanto permite la convivencia del pasado agrícola y el presente industrial:

¿Qué analogía hay entre un grano de trigo arrojado en el surco que ha abierto en la tierra la aguda reja de un arado, y todas las faenas agrícolas que siguen á esta primera, y aquel otro acto por medio del cual el minero rompe la corteza de la tierra, penetra en el interior de nuestro globo, por medio de profundísimos pozos, se extiende con galerías en uno y otro sentido, arranca el mineral del seno del filón y lo eleva á la superficie de la tierra? Entre aquel grano de trigo, arrojado al surco, y aquel pedazo de mineral extraído de lo más profundo de la montaña, ¿qué analogía hay? ¿Ni qué parecido hay entre uno y otro procedimiento? ¿Ni qué semejanza hay aún entre estos dos actos materiales y el del fundidor, que en el seno de un horno arroja el mineral, arroja el combustible, arroja el fundente, prende fuego á la masa y recoge poco después el metal líquido en moldes que de antemano tiene preparados? ¿Ni qué punto de comparación hay todavía (y permitidme que repita esto una vez más), entre todos estos actos y una locomotora que vuela sobre sus carriles, atravesando montañas, salvando abismos, uniendo de esta suerte unos y otros países, unos y otros pueblos? … [estos actos, estas industrias] unos y otros, y todos ellos, tienen de común una cosa; el ser trabajo humano. (Conferencias 106)

En la siderurgia social de Echegaray, la continuidad de dos temporalidades en principio incompatibles—el pasado y el presente, la tradición y el progreso, la agricultura y la industria—se logra a través de imágenes que resaltan el carácter dinámico del trabajo y de las leyes naturales. Así, un trabajador (agricultor-obrero) arroja el germen (semilla-fundente) dentro del seno (tierra-horno) donde operan las fuerzas de la naturaleza (gestación-calor) para producir objetos al servicio del ser humano (frutos-metal líquido). La imagen se completa con la velocidad de la locomotora, expresión material del uso del conocimiento científico al servicio del progreso, que se metaforiza a través del vuelo de un pájaro para el que no hay obstáculos naturales. Las dificultades de la modernización se superan en suma mediante la puesta en acción de las ideas y gracias al trabajo colectivo de la sociedad.

En la aproximación de Echegaray, el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad nacional está ligado a una cierta idealización de la ciencia como respuesta a los problemas del país. Su siderurgia social, sin embargo, no llega a problematizar el alcance del conocimiento científico como mecanismo privilegiado en la ruptura con el pasado. No ocurre lo mismo en los textos que analizo en las secciones siguientes. Si para Echegaray las reflexiones sobre el progreso se centraban en la dinamización de la energía, en Galdós y Pardo Bazán esta evaluación social se liga a metáforas del trabajo y el desplazamiento que cuestionan los beneficios de la ciencia. En estas lecturas, la sociedad se representa entonces en su desarrollo y expansión por la labor industrial y en su dinamismo por el movimiento y la velocidad de los nuevos medios de transporte.

Recobrando la visión modernizadora

Para la sociedad de fin de siglo la novedad y la transformación del desarrollo industrial representaban una oportunidad de renovación que al mismo tiempo suponía una peligrosa contingencia para la identidad nacional. En ese sentido, muchos de los efectos palpables del cambio generado por la industrialización —la adopción de conceptos científicos que desafiaban el dogma católico, los desplazamientos poblacionales, la masificación de los centros urbanos, la transformación de la naturaleza, la movilidad social, etc.— se convirtieron de alguna forma en herramientas ideológicas para promover visiones específicas sobre el presente y el futuro del país. Marianela (1878), una obra temprana de Benito Pérez Galdós, se planta en el centro de esta tensión al proponer la posibilidad entusiasta de romper con el pasado para abrazar sin miramientos el progreso. Mediante una serie de contrastes (civilización y barbarie, esencia y apariencia, belleza y fealdad), Galdós establece una siderurgia social en la que la ciencia se presenta nuevamente como mecanismo esencial en los esfuerzos nacionales de visionar el futuro y superar los retos de la transformación industrial. El costo de esta intervención, sin embargo, no deja de ser ambiguo.

En términos generales, Marianela cuestiona la asimilación del progreso material en una sociedad conflictiva que contrapone el ímpetu pasional a la capacidad racional, las posibilidades del espíritu a las habilidades de la lógica, el idilio rural al caos urbano y, en síntesis, la tradición al progreso. Más allá de reconocer estos contrastes, en los que ha ahondado con gran detalle la crítica de la novela, me centraré en revisar las imágenes industriales y científicas que incorpora el autor para problematizar el apego al pasado de la sociedad finisecular14. Para esto, reconozco la dialéctica que proyecta la novela entre realidad y representación y evalúo la tensión que esta genera frente a las proyectos de transformación nacional.

La novela relata la llegada al pueblo minero de Socartes de Teodoro Golfín, reconocido médico especialista en problemas de la visión, que ha venido a curar la ceguera de Pablo Penáguilas. El joven discapacitado ostenta una alta posición social y su padre ha solicitado los servicios del afamado doctor mediante la intercesión del hermano de este, Carlos Golfín, ingeniero en jefe del complejo de explotación minera local. La llegada del médico desestabiliza el mundo idealizado que ha construido Pablo junto a Marianela, la poco agraciada niña que le ha servido de lazarillo durante años. Desconociendo la inmensa brecha social que los separa, Marianela se ha convencido de que algún día será esposa de Pablo. La curación de este último y su reconocimiento de la realidad llevan a la destrucción de los sueños de amor de la joven y posteriormente a su muerte.

Pese al final trágico de la novela, la restauración de la visión del joven Pablo gracias a la intercesión de la ciencia proyecta un gran optimismo frente al futuro del país. Desde una perspectiva decididamente progresista, Galdós incorpora la posibilidad de trascender el pasado señalando que, al igual que ocurre con el protagonista, la sociedad puede recobrar la visión y proyectar su futuro en términos del desarrollo industrial. En ese sentido, el uso de un discurso médico y de una retórica cientificista a lo largo de toda la novela funcionan como espacios metafóricos a partir de los cuales se diagnostica la enfermedad nacional y se pone en marcha el tratamiento para curarla.

La siderurgia social de Galdós consiste en resaltar un proceso curativo que contrapone la complexión enfermiza y decadente de Marianela a la fortaleza y belleza física de Pablo, la ceguera a la visión, y la deformación de la naturaleza a la organización de la operación industrial. Se contrastan, en síntesis, las debilidades del pasado con las grandes posibilidades que la racionalidad científica abre para el futuro, puntualizando en el proceso la ambigüedad y el carácter contradictorio de una industria que es a la vez impulso positivo de transformación y fuerza destructiva:

El viajero [se detenía] asombrado de la fantástica perspectiva que se ofrecía ante sus ojos. Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a la que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas, inmobles, endurecidas. … Parecía la petrificación de una orgía de gigantescos demonios; y sus manotadas, [así como] los burlones movimientos de sus desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables actitudes de la escultura. (15-16)

Como queda evidenciado en este pasaje, el poder de transformación del avance industrial se compone de “gigantescos demonios” en los que parece combinarse ciencia, arte y destrucción. Se forman así esculturas que representan “orgías” de cuerpos “desproporcionados” y que observan perpetuamente su obra de renovación. El impacto de la explotación minera es entonces positivo en cuanto permite modelar el medio ambiente a capricho del ser humano, pero negativo en tanto desfigura la belleza y produce sufrimiento.

Para Galdós es necesario contar con nuevas formas de ver que no solo expongan la ambigüedad del progreso, sino que permitan cuestionar la estructura social que lo soporta. Esta es la única forma de lograr una evaluación precisa de las dolencias nacionales y sus causas. Socartes, en ese contexto, más que una pequeña villa, es una extensión del aparato industrial:

[P]oco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra los cerros que rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, los negros edificios. La campana del establecimiento gritó con aguda voz: ‘al trabajo’, y cien y cien hombres soñolientos salieron de las casas, cabañas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de las cuadras salían pausadamente las mulas, dirigiéndose solas al abrevadero, y el establecimiento, que poco antes semejaba una mansión fúnebre alumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba moviendo sus miles de brazos. (59)

La labor minera opera acá como un espacio de continuidad entre el ámbito industrial y el pueblo, ha absorbido no solo a los obreros, piezas en el engranaje de la gran maquinaria de la modernización, sino también al entorno. Los edificios, por ejemplo, son negros como el carbón, mineral que da energía a los distintos procesos industriales y que a la vez constituye una de las fuentes de sustento de la población. Los trabajadores se presentan como trozos del mineral, son, si se quiere, el combustible con el que se alimentan las máquinas: “Hombres negros, que parecían el carbón humanado, se reunían en torno a los objetos de fuego que salían de las fraguas, y cogiéndolos con aquella prolongación incandescente de los dedos a quien llaman tenazas, los trabajaban” (61). Las imágenes de la energía, el trabajo y el movimiento operan aquí como puentes simbólicos entre el espacio industrial y el arte, la fuerza y la razón, y marcan el contraste entre pasado y presente que sustenta la evaluación de la sociedad.

Finalmente, la transposición a los personajes de la novela de esta doble temporalidad —pasado y presente— sirve también para plantear una reflexión sobre el elevado costo social que supone el triunfo de la ciencia sobre la naturaleza. Teodoro Golfín, por ejemplo, es consciente de la imposibilidad de alcanzar un balance entre la restauración de la visión de Pablo y la consecuente destrucción moral de Marianela. Este sacrificio implica la ruptura simbólica con ciertos rasgos del carácter nacional representados por la protagonista —imaginación, religiosidad, pureza, tranquilidad—; quiebre que se ve compensado, de otro lado, por las ventajas que ofrece la modernización material para el porvenir del país. El tratamiento, en cualquier caso, es doloroso y complejo debido a que expone las verdaderas dimensiones del atraso nacional y la falta de visión con que la sociedad se ha enfrentado hasta ahora al futuro.

El procedimiento que sugiere Galdós en esta novela podría denominarse quirúrgico: mediante un proceso muchas veces doloroso de extirpación de la enfermedad se corrige la dolencia que acosa al país. De ahí el carácter positivo que tiene la curación de Pablo para la sociedad retratada en la novela. Con la recuperación del protagonista no solo se esclarece y corrige el rumbo que debe seguir el país, sino que se reivindica el principal motor de la modernización: el trabajo. Si antes de su milagrosa operación el protagonista se comparaba con un “vegetal” (67), un “pájaro de alas rotas” (141) o una “piedra” (218), señalando así la “incorrección de la naturaleza” (66), luego de recuperar la vista Pablo puede finalmente usar sus grandes dotes en beneficio de la sociedad.

La medicina y la ingeniería, en tanto espacios de significación, resaltan en este contexto el papel del conocimiento y el trabajo como fuerzas esenciales de la modernización, y sirven de mediadores en el proceso de renovación de la sociedad. Mientras que el médico interviene en el cuerpo, el ingeniero opera sobre la naturaleza. Al presentar estos dos espacios (cuerpo y naturaleza) como recursos aprovechables, la novela muestra que el progreso tiene consecuencias tanto a nivel individual como colectivo, y que la transición adecuada entre el pasado y el presente en España es en esencia una tarea de orden técnico y científico. Marianela es entonces el drama del difícil pero necesario despertar de la sociedad a una realidad industrial que debe abrazarse sin titubeos y sobre la que recae todo el peso de la transformación del país.

No debe olvidarse que el carácter productivo del progreso estaba condicionado también por una variable espacio-temporal. Aunque en la obra de Galdós no puede verse este aspecto, el impacto perceptivo de la velocidad, y particularmente del desplazamiento, contribuyó enormemente a forjar una nueva forma de entender los problemas nacionales. En la última sección de este artículo incorporo esta nueva coordenada material, que tiene en el ferrocarril su ejemplo más representativo. Mediante la revisión de un relato de Emilia Pardo Bazán que ahonda en las posibilidades sociales de la operación ferroviaria, concluyo mi artículo resaltando el carácter múltiple e incluso contradictorio de las reacciones que provoca el desarrollo industrial.

El dinamismo de una España imaginada

Una de las fuentes de inspiración literaria más representativas del siglo XIX fue sin duda la experiencia de viajar en tren. La implementación de la red ferroviaria no solo permitió el contacto directo de la población con las mecánicas de la modernización, sino que además facilitó la circulación de objetos e ideas promoviendo la creación y difusión de nuevas formas de entender y pensar la sociedad. Condiciones como el aislamiento del exterior y la velocidad facilitaron el desarrollo de una dialéctica de la observación en la que los viajeros establecían sus propias normas sociales, creaban alianzas y trazaban contrates entre su propia imagen y la de otros viajeros. El tren, en resumidas cuentas, podía operar como una poderosa herramienta de diagnóstico social.

Existe una conexión concreta entre el desplazamiento en tren y el modo de racionalizar la realidad. La distorsión en la percepción del tiempo que produce el viaje, por ejemplo, es el resultado de una reconceptualización del carácter diacrónico que intuitivamente se atribuye al transcurrir histórico y que se desarticula con la estructura segmentada del recorrido —sus múltiples paradas y diversidad de rutas—. En el tren, puntualiza Geraldine Lawless, “historical movement is halted, dissipated into a fragmented present characterized by the proliferation of present moments, with no cohering or unifying structure, into which the individual sometimes seems to disappear” (5). Lo mismo ocurre con la distancia, que debido a la velocidad de desplazamiento parece comprimirse, alterando de esa manera la noción de cohesión territorial y la representación simbólica de la geografía nacional. A esta nueva perspectiva se suma el marco flexible de intercambio e interacción social que proveen espacios como el compartimento de viaje o la estación de trenes15. Este es precisamente el tema central del cuento “Sud exprés” (1902), un inquietante relato sobre la capacidad de la imaginación en el contexto espacio-temporal del ferrocarril, que no solo permite cuestionar la continuidad del pasado, como en el caso de Galdós, sino también poner de relieve la tensión de clases que produjo el avance industrial.

Emilia Pardo Bazán fue una asidua usuaria del tren. Motivada por su encuentro con las dinámicas ferroviarias, en su columna periódica para la publicación La ilustración artística de Barcelona la escritora se dio a la tarea de analizar la situación del país cubriendo diferentes fases del vertiginoso proceso de asimilación de la tecnología en la vida diaria. Sus comentarios sobre el ferrocarril como medida del progreso reflejan de ese modo una creciente preocupación por la desarticulación de la estratificación de clases y un malestar por el evidente atraso nacional frente a otros países16. Esta evaluación no se hace sin cierta ambivalencia: mientras Echegaray y Galdós, desde ideologías más o menos progresistas, son partidarios de la modernización y miran con cierta preocupación el peso que tiene la tradición en la construcción de una nueva identidad nacional, Pardo Bazán en su siderurgia social no se compromete con ninguna visión en particular, dando paso a contradicciones que en sus relatos quedan reflejados muchas veces en la combinación de visiones reaccionarias y elementos progresistas17.

El aislamiento del compartimento y la dificultad de establecer un referente exterior debido a la velocidad convierten el viaje en tren en una invitación a la observación y en un incentivo para la imaginación. En “Sud Exprés” estos espacios se prestan a la creación de una retórica de la sospecha en la que la observación permanente del otro expone la desorganización social que provoca el avance industrial. De esta forma, “con la picante curiosidad de quien se encuentra en terreno desconocido y fértil”, la narradora decide observar a sus “compañeros de algunas horas de viaje” (n. pag.). Siguiendo la dinámica de un “espectáculo social” del que solo pueden participar los pasajeros, el cuento explora el singular comportamiento de una mujer que al parecer mantiene una doble vida y engaña a su esposo con otro de los viajantes. La joven pasajera aprovecha las condiciones de compartimentación del vagón para expresar su pasión por los dos hombres y, ante la mirada atónita de la narradora, se deshace de la presencia del primero para caer en los brazos del segundo. La vida dividida de la protagonista es en este caso una metáfora de las condiciones materiales del viaje en tren y de los riesgos que suponen para la sociedad.

En el cuento, la carencia de referentes espacio-temporales externos desarticula la noción de tiempo y el sentido de realidad, dando paso a un espacio ambiguo en el que los acontecimientos tienen su propio valor de verdad. El espacio borroso entre realidad y ficción que genera la situación se ve resaltado en algunos recursos metaliterarios que incorpora la autora. Pardo Bazán, por ejemplo, conecta la historia que cuenta la narradora con el contenido de una novela que esta está leyendo justo antes de ser interrumpida por la cercanía de la pareja: “[La pareja] se situó tan cerca de mí, que su cuchicheo, impidiéndome fijarme en lo que leía, fue causa de que cerrase la novela de Danilewsky y prefiriese ojear la realidad próxima —sin sospechar que en ella encontraría, en vez de idilio, los elementos de un drama oscuro—”. La importancia del texto de Danilewsky dentro del relato radica en la forma en que se presenta como uno de los posibles niveles de verdad, que no difiere en su carácter ficticio de la “realidad próxima”, es decir, de la historia narrada.

No es una mera casualidad que el popular autor ruso de novelas históricas sea la preferencia de la narradora. Justamente en la ficción histórica la conjugación del sentido objetivo y subjetivo crea la impresión de rigurosidad documental al mismo tiempo que resalta la naturaleza imaginativa del relato. La escritora gallega quiere hacer visible esta ambigüedad, al punto que hacia el final del cuento la narradora misma se cuestiona: “¿Efecto de mi vista miope? ¿Efectos de la imaginación? Hubiese jurado que era verdad”. El objetivo de esta estrategia narrativa es el de facilitar la crítica social al disociar la realidad criticada de su representación. De esta manera se exaltan las ventajas del tren como vehículo de nuevas formas de imaginar, mientras se deja en claro el carácter negativo de la trasgresión de ciertos valores sociales a merced de los condicionamientos mecánicos del progreso.

Aunque en “Sud Exprés” se explotan las circunstancias del desplazamiento como motor creativo, haciendo de la invasión a la intimidad un ejercicio narrativo del que disfrutan tanto la narradora como el lector, en realidad las dinámicas de socialización de la operación ferroviaria incomodaban profundamente a la autora; de ahí que esta prefiriera otras posibilidades de desplazamiento en las que nociones más conservadoras de la división de clases se imponían a los principios democratizadores del progreso18. Una vez el viaje en tren pasó a ser parte de la cotidianidad, y como tal a interactuar con vida propia en el devenir social, elementos como la velocidad y el desplazamiento dejaron paulatinamente de ser referentes simbólicos para el análisis social. Hasta entonces, los diferentes espacios del ferrocarril —la estación, el compartimento de viaje, el tren mismo— operaron como grandes observatorios de la sociedad en los que la novedad material expuso el atraso de un país polifacético marcado por la esencia tradicionalista de su compleja estructura social, política y cultural.

En busca de nuevas coordenadas

En este ensayo describí el tipo de diagnóstico de la sociedad que se desarrolló a partir del intento de armonizar las múltiples formas de entender el mundo a las que dio paso la revolución industrial española. Los grandes cambios políticos que experimentó la península en el último cuarto del siglo XIX, la pérdida de las últimas colonias en 1898, la creciente agitación obrera y la aparición de los nacionalismos periféricos, entre otros, dinamizaron estas percepciones y abrieron espacio a nuevas formas de ver el problema nacional. Esto explicaría en gran parte el vehemente deseo de ruptura con el pasado y el simultáneo rechazo sistemático de los distintos intentos progresistas de modernizar el país, posiciones que seguirían radicalizándose durante el transcurso del siglo XX.

La definición del campo material de la industrialización y la conceptualización de la siderurgia social como referentes de análisis cultural facilita la exploración de un amplio grupo de formulaciones sociales. Más allá del tipo de textos analizados acá, en obras de divulgación técnica, interpretaciones científicas o programas educativos creados bajo el influjo del desarrollo industrial es posible encontrar claves hasta ahora inadvertidas de la compleja negociación de la identidad nacional de finales del siglo XIX. En todos ellos, la condición de sus autores como observadores privilegiados de las dinámicas sociales resulta relevante en tanto expone la visión colectiva de su papel como intelectuales y la convicción en la capacidad transformadora de su capital cultural. Es precisamente esta noción la que debe seguir motivando nuestra indagación por nuevas coordenadas materiales para entender las ambigüedades y contradicciones propias de un periodo cuyas consecuencias siguen afectando el imaginario social y cultural de la España contemporánea.

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Citation

Óscar Iván Useche, « [PhD Dissertation Synopsis] Coordenadas materiales de la industrialización en el mapa simbólico de la Restauración española », Hispanic Institute Bulletin, Columbia University | LAIC, Department of Latin American and Iberian Cultures (online), published on April 11, 2015. Full URL for this article
Hispanic Institute Bulletin
ISSN 2377-8873
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