Grandeza y miseria de Bodoni en Columbia

With the Columbia LAIC Graduate Students at the Rare Book and Manuscript Library, Butler Library, Columbia University Working at The Grolier Club, New York

¿Y quién lo iba a pensar? Cuando el Director del Department of Latin American and Iberian Cultures me cursó generosa invitación para participar como visiting professor en un interesantísimo proyecto de seminarios formativos para estudiantes graduados, le propuse centrar mis intervenciones sobre la historia del libro, la filología material o los usos digitales en la investigación humanística, tomando como referente mis propias investigaciones —pasión y profesión— sobre la obra y la trascendencia cultural de Giambattista Bodoni, el tipógrafo de los príncipes y el Príncipe de los tipógrafos, director de la Imprenta Real de Parma entre otros títulos y honores que le fueron concedidos o reconocidos por los reyes de España, de Cerdeña, de Dinamarca, de Nápoles, o los emperadores de Austria o Francia, sin olvidar el Nuevo Mundo de Benjamin Franklin.

¿Pero quién iba a pensar que en Columbia hablar de Bodoni es, casi, como llevar agua a la fuente? El caso es que, desde hace años, tengo en marcha un trabajo sobre uno de los más pregonados libros del tipógrafo, el Longo italiano de 1786, en el que se publica por primera vez la traducción del siglo xvi del Daphnis y Cloe [lámina 1]. Es pieza rara y muy bella; también, el primer libro estampado con un par de líneas al pie de la portada, “Crisopoli | Impresso co’ tipi Bodoniani”, que identificarán desde entonces algunas de las ediciones de las que el tipógrafo se ocupó personalmente del principio al fin. Hay un buen estudio del italianista Garavelli sobre esta preciosidad (2001), pero quedan aún lagunas sobre su producción, circulación, emisiones y estados, que me llevaron a ocuparme de Gli amori pastorali di Dafni e di Cloe en una monografía que quizá algún día figure en la Biblioteca Bodoni. La cosa no es fácil, pues, fuera de la publicación en la misma BB de las series epistolares de Bodoni con su mecenas de ocasión, el Marqués de Breme, y otros implicados en la aventura editorial, Francesco Daniele, Tommaso Caluso di Valperga, etc., hay que ver todos y cada uno de los ejemplares conservados, el único modo de resolver los de un libro todo problemas. Pues bien, en mi librillo de memoria digital en donde suelo anotar los pendientes de consulta figuraba un ejemplar conservado en su Butler Library, que con los de Harvard, Berkeley y la Library of Congress, agotaba la nómina de los conservados en los Estados Unidos de América.

En términos relativos, que las bibliotecas públicas de uno de los centros bibliográficos y bibliófilos del mundo, como es Nueva York, solo dispongan de este ejemplar ya es extraordinario. Y debí reparar en este hecho antes. Tonto de mí, no alcancé que el Longo debía ser solo una fina patita por debajo de la puerta. Y es el caso que, mientras guardaba cola a la puerta de la Embajada norteamericana para coronar por fin el inevitable, extraño y molesto procedimiento sacaperras de la obtención de un visado, anduve navegando con la tableta, antes de que me despojaran de ella en la portería, por los catálogos de la Butler Library. Con buscar por Bodoni afloraron un montón de registros, y solo entonces empecé a pensar que acaso valía la pena aguantar también por ello —el primero y principal, sin embargo, reencontrarse después de tanto tiempo perdido con el amigo— la ¿innecesaria? humillación de una formación en línea de a uno a dos grados bajo cero de las ocho de una azul mañana madrileña.

Prácticamente todos los libros impresos por Giambattista Bodoni que podemos considerar las coronas de su producción, y de los cuales tenía previsto hablar en Columbia, estaban en su biblioteca. Muchos de ellos eran, además, ejemplares únicos en América —ojo, la del Norte, la del Centro y la del Sur, que son tres—; de algunos sabía que carecían incluso las colecciones más importantes europeas, como la de la Biblioteca Palatina de Parma, la de la Biblioteca Brera en Milán o la privada de Franco Maria Ricci, por citar los tres primeros depósitos europeos. Del cuarto, que tengo a mano, había obtenido fácilmente reproducciones digitales para revisar ante y con mis oyentes de la universidad neoyorquina mi discurso sobre un Bodoni inventor del libro de artista, en el que “tace il testo, parla il tipografo” (Cátedra 2013a & 2013b); para ampliar las facetas de lo que he dado en llamar “replicación”, que era no solo un modo de aprendizaje, sino una suerte del arte de la variación —los paisajistas ingleses, Van Gogh—, cuando no una superación definitiva de los modelos pasados, contemporáneos y futuros (Cátedra 2013c); para perfilar mejor el impacto mundial de quien solo por medio de su propia estética condicionó, abasteció y hasta conformó las bibliotecas y el coleccionismo más exigente, rayano en bibliomanía sintomáticamente definida por Dibdin al hilo también de las obsesiones bodonianas de los Spencer, los Berwick, o los Renouard del tiempo (Cátedra 2013c & 2014).

Al enterarme de que en la misma universidad en la que iba a hablar radicaba, además, la colección bodoniana más importante del nuevo continente —fijar su clasificación en términos mundiales está pendiente de un estudio más profundo de todos los ejemplares, de sus emisiones y estados, que, sinceramente, me gustaría poder hacer algún día— descabaló un poco mis planes, me arredró un tanto y, desde luego, hizo añicos ese cierto espíritu misional del que se imbuye el profesor universitario cuando le dan un micrófono y empieza entusiasmado a predicar o a coloquiar con sus oyentes: yo no estaba ya muy seguro de si valía la pena dar trigo donde lo tenían a silos llenos. Así lo expuse a mis mentores columbianos, que me ofrecieron una salida sorprendente para un español acostumbrado a lidiar en las bibliotecas con cutres cancerberos más que bibliotecarios, la de trasladar a la misma sede de la Butler Library mis seminarios y trabajar directamente con los libros bodonianos de su colección. Incrédulo, elaboré una lista con decenas de piezas, pensando que pasaría por la habitual y caprichosa normativa del “no más de tres libros por consulta”, del mejor servir microfilm que originales, etc., etc. El día que llegué a la biblioteca para examinar la plaza y ver con qué morlacos paginados tendría que arreglármelas habían preparado un par de carritos con todos los libros solicitados.

Libros excepcionales como son casi todos los firmados por Giambattista Bodoni con su propio nombre pueden quedar reducidos a la pura anécdota si solo se ven en fotografía. Sus vestidos, los soportes de impresión, los caracteres y la perfección de una mise en page los hace extraordinarios y permiten visualizarlos en el lugar preeminente que ocupan en la historia del libro. Eso, por lo general, solo es posible apreciarlo en primera instancia en las tres dimensiones del libro, con la vista, el tacto y hasta con el olfato; y, en segunda, bien armados de instrumentos bibliográficos y con la experiencia y reconstrucción historiográfica que se deriva de la investigación. Realmente, solo por medio de la materia los poco habituados pueden llegar a la historia y a la teoría, o entrar en el asunto sin más: con los bodoniana de la Butler Library iba a ser posible concelebrar con los asistentes a los seminarios una fructífera tenida cultural [lámina 2].

Fue esta, sin duda, una experiencia docente, científica, memorable. Al ordenar los libros, por demás prestigiosos, de acuerdo con mi propio discurso, pude calibrar también su vida y explicarme la calidad de una colección única como la de Columbia. La mayor parte de ellos ostentaban, aparte otros, el ex-libris de la “Typographic Library and Museum of the American Type Founders Company” [lámina 3]. Quien quiera información somera sobre la famosa ATF puede acudir donde ya se sabe. Me topé hace tiempo con esta institución industrial y cultural por guardar en mi discreta colección tipográfica algunos de sus especímenes, libros de muestras o manuales. Seguí hace tiempo sus avatares en los libros de De Vinne, Bidwell o Consuegra, y, nada más pisar el campus de la Columbia University y acceder a la Butler Library, con el excelente catálogo de la colección columbiana (Lohf 1980), del que se deriva, entre otras muchas cosas, que la ATF, además de ser una de las industrias tipográficas más importantes del mundo, se había pertrechado de un museo y una biblioteca que fungían sin duda —lo estoy comprobando ahora mismo hojeando y ojeando de nuevo esos manuales— como referencia histórica para la creación tipográfica industrial.

Dediqué la mañana del día 4 de febrero al examen de dos o tres libros sobre los que tengo especial interés y para los que reúno materiales, a fin de escribir varios capítulos de un libro sobre los capolavori bodonianos. Uno de ellos era, por supuesto, el Longo italiano. El papel que se utilizó para la mayoría de los ejemplares, la tipografía y la mise en page de este libro siguen sorprendiendo por su belleza y perfección. El texto cautiva con su hermosísima parangona —cuerpo 18 en términos más modernos— redonda, interlineada, o aireada podríamos mejor decir, como ascendónica —cuerpo 20— [lámina 4]; espectacular ascendónica cancilleresca, clasificada con el número LXX en el Manuale de 1789 con el nombre de “Terracina”, sirve para el prólogo del libro [lámina 5]. El ejemplar columbiano conserva, además, todos los avvisi impresos, que se adjuntaron para los cincuenta y seis bibliófilos a los que el Marqués de Breme, “pagano” de la edición, la destinó, incluyendo la carta de este, un aviso de Bodoni, instrucciones para el encuadernador y la lista de destinatarios. Nos paramos en su encuadernación. Y ahí empezaron las sorpresas para quien, además de interesado en la obra de Bodoni, lo está en sus relaciones con España. Fue realizada para Joaquín Gómez de la Cortina, Marqués de Morante, uno de los bibliófilos españoles más extraordinarios, por el no menos renombrado encuadernador radicado en París F. Schoeffer [lámina 6], a quien el Marqués acudía para vestir sus mejores libros, siempre por de fuera de riguroso luto, en este caso en chagrin negro, aligerado en ocasiones por el afiligranado dorado de gusto romántico en los planos con super-libris heráldico, y en este caso por una concesión cromática en la doublée en verde oliva ricamente encuadrada con ruedas y hierros [lámina 7]. Presume Morante en las notas que pone a su inventario: “Exemplar intacto, que adquirí en rama, y tiene el mérito singular de hallarse firmado por Bodoni”; le asigna uno de los precios más altos que se hallan en el tomo primero de su Catalogus, mil reales, a los que no llegan ni de lejos importantísimos protoincunables que figuran en el mismo tomo dedicado a la literatura griega y latina (II, nº. 4329). Cómo el Longo ahora columbiano cruzó el Atlántico no lo sé; pero, al desaparecer su dueño, que cayó desde una escalera mientras trasteaba en la biblioteca —sic transit gloria mundi!— el Longo tomó con la mayoría de sus libros la vía de París, en donde el primero de marzo de 1872 se subastó, no sin antes consignar sus gracias en un precioso catálogo ilustrado con prólogos de Barbieri y del bibliófilo Jacob, es decir, Paul Lacroix, en el que figura con el número 1257. Ahí quizá pasó a manos de un bibliófilo norteamericano que por ahora no tengo identificado, cuyo ex-libris a color con el motto “constantia et labore” figura encolado en el contracanto.

Me empeñé en mostrar a los estudiantes que los libros van acumulando en su cuerpo a lo largo del tiempo las filias y las fobias de las que han sido objeto o víctimas, y que muchas veces estas son más importantes desde el punto de vista histórico que el libro en sí mismo. (Me colé durante los días de permanencia en Columbia en una clase para estudiantes más jóvenes y en la misma biblioteca Butler, en la que también ellos podían examinar manuscritos de los siglos x al xv, estudiando las trazas de uso. En uno de ellos, un dominico español consignaba en el primer folio de un compendio de Vitæ fratrum predicatorum que había salvado ese libro por unas cuantas monedas de las manos de un bibliópola, que iba a deshacerlo quién sabe si para usar en la encuadernación de libros modernos impresos: los estudiantes interpretaron bien lo que de transcendencia histórica tenía este hecho en un momento clave de la transición de un mundo antiguo al de la temprana modernidad, más allá de la anécdota, y supieron al tiempo y allí mismo lo extraordinariamente importante que fue la operación de, al menos, salvar de una encuadernación un fragmento de un manuscrito visigótico casi perecido en la hecatombe de las transiciones y de las pérdidas de “utilidad” de los textos viejos, a cuya endiablada escritura y componentes materiales se acercaban constantia et labore que solo se ven en según qué universidades).

Mentiría si dijera que todos los “bodonis” de la Butler Library son de la misma categoría que el Longo. Muchos son discretos por lo que a su encuadernación se refiere, pero se ve que la colección se ha realizado con un programa tipográfico-histórico nada al tuntún, incluso en la selección de sus abundantes piezas de literatura gris y ephemera literarios, a lo que tanto tiempo dedicó Bodoni como director de la Stamperia Reale de Parma. Merecen por ello una atención monográfica, que ojalá le pudiera yo prestar algún día, por qué no con un grupo de estudiantes de la Columbia University.

La sección documental relacionada con Bodoni no es, en cambio, muy grande. Pero, nuevamente, me sorprendió porque permitía mejor andar de las grandezas a las miserias de Giambattista Bodoni. Entendámonos: el ramillete de cartas o documentos sueltos ilustra sus trabajos y sus días, en lo glorioso y en lo más humano. He ahí, por ejemplo, los agobios que pasaba por la insistencia de sus autores bien representados en la carta que el 28 de agosto de 1795 enviaba a Corneille-François De Nelis, el pobre obispo de Amberes autoconfinado en Parma y desposeído de sus rentas y —sabemos gracias a esta carta— de su biblioteca, a punto de ser vendida en Amberes. No figura registrada esta carta ni minuta de la misma en la bibliografía especializada (De Clercq 1959), por eso ya está publicada en la Biblioteca Bodoni, en donde se puede consultar.

También en este terreno me dio un sorpresón una liebre ibérica. Un pequeño dossier, que seguramente fue sacado de la documentación oficial de alguna secretaría del gobierno de Carlos IV, quizá de la de Estado, nos conserva tres piezas relacionadas con Bodoni de aparente poca sustancia, pero que vienen a resolver un problema en nada secundario y que no había alcanzado a aclarar en ninguna de mis anteriores monografías donde traté el asunto: las razones por las que nunca se materializó la égida española de nuestro tipógrafo. Él mismo la propuso en términos bien patéticos hacia 1776 (Cátedra 2013c), mucho antes de que los gobernantes y diplomáticos españoles empezaran a imaginar el puntazo —sí, ya sé que utilizo la palabra en ninguna de sus acepciones académicas— qué sería en Europa una nueva Imprenta Real española si al frente de ella se conseguía poner nada menos que el célebre Giambattista Bodoni. La historia del cortejo español y del dejarse querer sin ceder un ápice es enrevesada y la he tratado ya (Cátedra 2014). No sabíamos, sin embargo, que lo que desencadenó la definitiva renuncia española no fueron las largas y cambiadas de Bodoni, sino la triste falta de dinero para proyectos grandes y de verdadera trascendencia internacional que no sé si es inherente a la mayoría de los gobiernos de mi país.

Las piezas documentales que aludo están felizmente custodiadas en Columbia, y consisten en una carta y en una nota de secretaría y su respuesta, que comparecen también en la Biblioteca Bodoni. Nos ilustran, de un lado, sobre el éxito de los tipos bodonianos que son contrahechos por otros para la Imprenta Real; y, de otro, de la resurrección de la idea de tentar de nuevo al tipógrafo por si pudiera traérsele a España. Estos documentos son bien difíciles de datar con exactitud. En el borrador de carta, quien parece un responsable de la Imprenta Real da la razón a su destinatario sobre las consideraciones que este le había hecho sobre el uso de cierto “grado de atanasia por el estilo bodoniano” que, al parecer, había sido ofrecido por o le había sido encargado al destinatario de la carta, el cual a la sazón no se encontraba en Madrid. El remitente muestra su conformidad con el diseño y reconoce, con su destinatario, que esos caracteres eran apropiados “para cierta clase de obras del Ministerio, observando en su impresión dar los claros correspondientes para que campee, pues, aunque en todas las impresiones sobresale muy bien cuando son proporcionados los espacios, este grado quiere un poquito más y permite más claros”. Trataríase, pues, de un juego de caracteres de letra atanasia, es decir, la actual de 14 puntos, con calidad suficiente para lucir, entiendo que por su grosor, en un interlineado superior; caracteres que se habrían incorporado en efecto al obrador de Imprenta Real. Aunque sin seguridad en la fecha de este documento, ni en la identidad de sus destinatarios, podría pensarse que estos caracteres pudieran figurar en el manual de 1799 de la Imprenta Real, entre los varios ejemplos del grado de atanasia chica y gorda —equivalentes a silvio y soprasilvio bodonianos— (Muestras 1799, XXIX-XXXVI), y quizá en la XXXV, interlineada a 16 puntos, se reconozca el estilo de nuestro tipógrafo y la que es objeto de las consideraciones de este anónimo.

No sé, sinceramente, si relacionar estas con el encargo tardío que Juan Facundo Caballero hizo al tipógrafo italiano Francesco Vasallo, que se había postulado para ocupar la plaza vacante de punzonista de la Imprenta Real en 1804, de un grado de atanasia que, aunque al fin se adquirió, no fue puesto en uso sin incorporar modificaciones importantes, encargadas a José de Macazaga (Corbeto 2015). No parece que los términos de satisfacción sobre el trabajo tipográfico o la visita esperada a “esta Corte” del tipógrafo, referidas en la carta columbiana, concuerden con la recepción del trabajo de Vasallo, que no fue contratado al fin ni, que sepamos, hizo acto de presencia en la capital.

Más posibilidades habría de que los hechos referidos en este documento se puedan acercar a los años de 1795, cuando en la Imprenta Real se mueven para enriquecer su obrador de fundición, lo que, a la postre, significaría la incorporación de matrices bodonianas, que fue, sin embargo, precedida por intentos al parecer fracasados de valerse de producción local. Juan Facundo Caballero, verbigracia, quiso recuperar para Madrid a un supuesto alumno de Bodoni, Paolo Anessi —quizá más bien imitador suyo—, que había trabajado con anterioridad en la fundición de la Real Biblioteca, y encargó también al grabador Macazaga que hiciera réplicas de los caracteres bodonianos. En ese mismo ambiente y por las mismas fechas, otro punzonista, Antonio Espinosa de los Monteros, presentó a Godoy trabajos al estilo bodoniano, que fueron descalificados por la comisión de la Imprenta Real, encabezada por el regente del obrador de fundición, Antonio de León (Villena 2013, 107; De los Reyes 2013, 143; pero es Corbeto 2015). Aunque quizá no debamos dar de lado a la noticia que nos brindó Navarro Villoslada sobre que Espinosa “concluyó en 1797 dos grados de Parangona al estilo parmesano, que le había mandado abrir D. Juan Facundo Caballero” (Navarro Villoslada 1877, 131). Cierto que ni Corbeto, que rescata la noticia, ni otros historiadores de la tipografía parecen haberse topado con la documentación en la que pudiera haberse basado el benemérito y hasta preciso Navarro Villoslada para asegurar el encargo y finalización del trabajo por parte de Espinosa. Si así fue, ¿existiría una confusión entre dos grados de letra contiguos como atanasia y parangona? De este modo el objeto de la carta podría ser el de estos tipos, siendo la carta de Juan Facundo Caballero a Espinosa de los Monteros, que a la sazón residía en Segovia, confirmando el primero la recepción de los caracteres a la manera bodoniana.

Así, las dos notas de consulta y respuesta que completan el dossier de la colección tipográfica de la Butler Library sobre un nuevo intento de llevar a Madrid a Bodoni, se podrían datar en la misma fecha, o 1795 o 1797. La primera reza literalmente: “Puesto que se trata de mejorar en lo posible el establecimiento de la Imprenta Real, se podrá preguntar si se ha tanteado alguna vez el ponerla baxo la diección del célebre Bodoni y el resultado que en tal caso haya habido. Si no se ha hecho, podría pensarse en practicar las diligencias convenientes para atraer a un hombre tan singular en su clase, lo cual podría sin duda faciliarlo el señor Azara, que le protege abiertamente y está en correspondencia con el mismo”. La respuesta que se da a esta nota de gobierno: “Tengo entendido que el señor Llaguno, siendo Oficial Mayor de la Primera Secretaría de Estado trató de hacer venir al célebre tipógrafo Bodoni para establecer la Imprenta Real en sus principios, de acuerdo con el señor Conde de Floridablanca. Ignoro qué pasos se dieron, y solo he oído decir al señor Llaguno que no había dinero con qué pagarle. Por lo mismo que Bodoni es tan célebre y singular es mayor la dificultad de atraerlo aquí, hallándose establecido en un país con bastante comodidad, honor y estimación, y no en edad de hacer mérito y fortuna en otra parte. Si se quiere tantearlo, no obstante, es preciso llevar pensado lo primero a qué ha de venir Bodoni; segundo, en qué términos. Si ha de venir a Director de la Imprenta, querrá tal vez no tener más dependencia que la del señor Ministro de Estado, y tener facultad de usar sin restricción de los caudales para los adelantamientos de la Imprenta, etc., sobre lo cual conviene reflexionar hasta dónde y en qué artículos se han de extender sus facultades para no hallarse embarazados después. En qué términos, es decir, qué sueldos y honores se han de dar a este hombre para moverle a que levante su casa, deje su país y se venga aquí”.

Y es que, incluso, en estos años de 1793-95, en los que se reanudan algunas de las relaciones con altos funcionarios de la corte de Madrid, como es el caso de Llaguno, después de casi diez años sin correspondencia —si consideramos, al menos en términos relativos, fiable la documentación que nos ha sobrevivido—, también en Italia correrían rumores sobre una nueva égida española, que, por ejemplo, lleva a un por ahora desconocido correspondiente a preguntarle de forma directa si piensa seguir trabajando en Parma o transferirse a España, a lo que Bodoni replica sin más pamplinas que “quando l’uomo ha varcato il X lustro e trovasi unito ad una soavissima ed ottima compagna, colla quale vive senza la benché menorissima querela; quando si vede ben accolto e riguardato con parzialità da ogni ceto più grande e rispettabile del paese che abita, sarebbe uno stolido se dasse luogo ad un sol pensiere per emigrare altrove. Io vado a gran passi inoltrandomi alla vecchiaia; gli incomodi che soffro, consequenze indispensabili della vita laboriosissima che ho dovuto condurre, mi fanno alternare col letto ed il tavolino vari mesi dell’anno, e perciò a me probabilmente non rimane a fare altro viaggio che quello da cui non si riede più”.

Esta carta, datada el 2 de septiembre de 1794 y de un Bodoni en la cumbre de toda buena fortuna, si lo es la aurea mediocritas horaciana que prefiere, tampoco me era conocida antes de haber pasado por Nueva York: pertenece a la Pierpont Morgan Library y allí la transcribí en el ventoso y helador día 10 de febrero.

Dejo aquí el argumento que desencadenaron las piezas documentales de Columbia, y espero poder retratar a Bodoni por las calles de Nueva York en otra ocasión… En el título de este informe apasionado había prometido no solo eucarísticos elogios en la grandeza del tipógrafo, sino también miserias. En mi biblioteca he puesto a dialogar frente por frente a Giambattista Bodoni y a su amigo Azara, el segundo según una copia del retrato de Mengs (1773), y el primero según el busto de Giambattista Comolli que se conserva en la Biblioteca Palatina de Parma, copia exacta que debo a la generosidad de Franco Maria Ricci. Para más claridad tomo una fotografía a estas horas de la madrugada (lámina 8). El cuerpazo –y ahora no me estoy refiriendo precisamente al tipográfico con minúsculas, el carácter bodoni– que alabaron sus contemporáneos luce aquí un porte aristocrático, y republicano al tiempo, con su toga romana. Grandeza, desde luego. Pero el pobre Giambattista vivió buena parte de su vida sacrificando en el altar de Asclepio, humanizado –no me atrevería a decir envilecido– y corporeizado en aquellas laberínticas arboledas de enfermos que se frecuentaban aún más que las de las pastoriles villeggiature del siglo xviii que, sin embargo, evacuaron tantísimo verso futil que él también se vio obligado a publicar. Miseria también, por supuesto. En sus cartas emerge su corporeidad a menudo; creí en tiempos que era una buena excusa para explicar retrasos e incumplimientos. Hoy sé que el pobrecito vivía el trabajo y la gloria con la misma intensidad con la que se le imponía la dolencia. Y la carta que completa el ramillete de los originales de Bodoni en Columbia es de por sí todo un decálogo vilitatis humanæ conditionis . Datada el 17 de octubre de 1790 y dirigida a su amigo y paisano Vincenzo Malacarne, uno de los grandes profesores médicos de la Universidad de Pavía, patentiza describiéndola su corpórea miseria, sus desesperados intentos para mantenerse en pie con una prótesis casera, ingiriendo brevajes –menos mal que no se estilaba ya en Parma el veneno de víboras por falta de viperai que lo buscaran y extrajeran–, machacando su humanidad con apósitos que evacúan pústulas y, como mal menor, pisando uvas. Acabo invitando a su lectura, sin más glosas, en la Biblioteca Bodoni y sugiriendo que, en el siglo en el que Caraccioli instituyó «l’Ordre de la Frivolité», el siglo de la ficción epistolar y de la insinceridad autobiográfica, estos documentos del cuerpo son los únicos verdaderos, tan perfectamente serio como el golpe de realidad de un informe forense post mortem. Un Ave María para Giambattista.

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Pedro M. Cátedra, « Grandeza y miseria de Bodoni en Columbia », Hispanic Institute Bulletin, Columbia University | LAIC, Department of Latin American and Iberian Cultures (online), published on April 6, 2015. Full URL for this article
Hispanic Institute Bulletin
ISSN 2377-8873
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