Buscando a un padre desaparecido: memorias disidentes de la Argentina kirchnerista en _Soy un bravo piloto de la Nueva China_, de Ernesto Semán

Abstract

Aquello que caracteriza a la figura del desaparecido es una muerte no fija. Esta muerte inestable no permite el enfrentamiento con un cuerpo, porque se desconoce su destino y por lo tanto implica un proceso de difícil duelo. Aunque el discurso nacional logra establecer un emblema que permite procesar su desaparición (i.e., en la creación de los museos, en la ley), para los hijos esto no es suficiente. El conflicto radica en que el estado bloquea la posibilidad del parricidio a través del discurso heroico del desaparecido.

Valeria Rey de Castro

A Ph.D. Candidate at the University of Texas at Austin, she earned a B.A. in Latin American Literature from the Pontificia Universidad Católica del Perú, and her current interests are: violence, post dictatorial representations in Latin America, memory, canon in Latin America, trauma studies, affect theory, gender and queer studies.

En el año 2011, el periodista e historiador Ernesto Semán publicó su novela Soy un bravo piloto de la Nueva China (1969). En ella, el protagonista y narrador, Rubén Abdela, intenta reconciliarse con la historia de su padre desaparecido durante la Guerra Sucia en Argentina (1976-1983). Para alcanzar esta conciliación, Rubén debe cuestionar el heroísmo que el discurso de memoria oficial atribuye a su padre. Para el protagonista, esta es la única opción que permite buscar maneras alternativas de lidiar con el peso de la imagen familiar y heroica de su progenitor.

Con el fin de la Guerra Sucia en Argentina se inicia el proceso de transición a la democracia que nombra presidente a Raúl Alfonsín el 10 de diciembre de 1983. Bajo su mandato (1983-1989), se crea la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) con el objetivo de indagar sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983).1 Esta comisión sienta las bases para los procedimientos judiciales contra los oficiales de las Fuerzas Armadas y funciona como una prueba para la realización del Juicio a las Juntas, contra los tres primeros gobiernos militares.

Debido a la grave situación económica que atraviesa el país, Alfonsín renuncia a su cargo y lo sucede Carlos Saúl Menem (1989-1999). Durante su mandato, Menem decreta la amnistía para los militares responsables de los crímenes durante el terrorismo estatal. Posteriormente, en el gobierno de Fernando de la Rúa (1999- 2001) y Eduardo Alberto Duhalde (2002-2003), el proceso de lucha contra la inmunidad sigue inconcluso.

En el periodo presidencial de Néstor Kirchner (2003- 2007), el Congreso declara inconstitucionales las leyes de indulto. El discurso nacional reivindica los derechos humanos a favor de las personas que padecieron represión y violencia durante la Guerra Sucia. La reapertura de los juicios y la ubicación de museos de la memoria en previos centros de detención se convierten en logros políticos que implican la consolidación oficial de una memoria histórica. Si bien el resultado de estas políticas nacionales resulta admirable en tanto reconoce y restituye los abusos cometidos durante la dictadura militar, la oficialización de la memoria en Argentina ocasiona la emergencia de versiones alternativas sobre la experiencia de la violencia que no constituyen parte del discurso dominante.

Andreas Huyssen explica que a pesar de que en la cultura contemporánea se enfaticen los tópicos alrededor de la memoria y el trauma, es el olvido el que permite la creación de un relato de la memoria que siempre funciona de manera provisional (167). Huyssen comenta que, en el caso argentino, para la construcción de una memoria hegemónica se instituye la figura del desaparecido como víctima del terrorismo estatal. Es así como se establece la separación entre culpables e inocentes. Esta dualidad hace que los conflictos entre agrupaciones políticas se eliminen y que a partir de este necesario olvido se funde la Memoria Oficial (172). Bajo esta situación él concluye que “the irony in this quick dance of memory and forgetting is of course that when certain memories, even the ‘right’ ones, are codified into national consensus and become clichés as […] memory of the desaparecidos in Argentina have become, a new threat to memory emerges” (182).

Después de la institucionalización de la memoria en Argentina, surge una serie de relatos que la cuestionan y confrontan desde el ámbito de lo íntimo. Para Beatriz Sarlo, los discursos construidos en este contexto se concentran en la representación de una subjetividad basada en los espacios cotidianos y la vida privada, condición que ubica a la memoria fuera de una identidad colectiva (147). Estas nuevas maneras de representar la dictadura emergen desde la generación que vivió el terrorismo de estado durante su infancia a través de la militancia política de sus padres.2

Dentro de esta generación, se ubica la novela de Ernesto Semán Soy un bravo piloto de la nueva China. En este texto, el protagonista y narrador del relato, un hijo de desaparecido, reconcilia su experiencia familiar con el discurso oficial a través del ejercicio de escritura. Las vivencias del protagonista, Rubén Abdela, se contrastan a las de un hijo de un ex represor, Fausto Amador. De esta manera, se evidencia la tensión entre la memoria hegemónica y la experiencia individual de los hijos.

Jan Assmann explica que la ‘memoria cultural’ se configura a partir de la participación de los miembros de una comunidad a través de procesos comunicativos transmitidos e internalizados por los integrantes del cuerpo social. La memoria también es personal en tanto se construye a partir de las experiencias de los sujetos que negocian su subjetividad con el cuerpo social y se identifican con sus pares (23). A la luz de estas reflexiones se concluye que, para este narrador, la imagen victimizada del padre que el estado construye no corresponde con la que él recuerda de su infancia. De tal modo, su memoria individual está escindida del discurso nacional y la tensión entre la memoria cultural y la personal se hace cada vez más tirante.

Sigmund Freud (1918) analiza el tótem como la imagen del antepasado protector y benefactor del clan, criterio útil en el caso de la institución familiar: el padre representa una figura de poder que debe ser venerada. El grado de dominación que los progenitores imponen sobre los hijos genera temor y la eliminación del padre es la única salida.

Aunque iluminadora, la teoría de Freud no es suficiente a la hora de analizar la representación del padre desaparecido en su especificidad histórica. Rubén Abdela ha crecido con la carga de ser hijo de las ‘víctimas’ de la represión, heroizadas en calidad de ‘defensores de la democracia’. Esto dificulta la ejecución de un parricidio simbólico.

Quizá la figura que mejor ejemplifica la de los desaparecidos en el discurso de la memoria es la del mártir como la de una persona cuya muerte garantiza el futuro de la comunidad y da sentido a la violencia sufrida (Agamben 26). Después de dos décadas en las que el desaparecido constituyó un significante flotante sin encontrar un asidero en los discursos y las políticas imperantes, desde la restitución de la democracia el discurso de Memoria oficial lo identifica con la figura del mártir y da un sentido a esta muerte.3 En el caso del discurso de memoria oficial, el joven militante desaparecido durante los años de la dictadura es el precursor de la lucha popular en el país y su desaparición demuestra su sacrificio por la búsqueda de un estado más justo.

Aquello que caracteriza a la figura del desaparecido es una muerte no fija. Esta muerte inestable no permite el enfrentamiento con un cuerpo, porque se desconoce su destino y por lo tanto implica un proceso de difícil duelo. Aunque el discurso nacional logra establecer un emblema que permite procesar su desaparición (i.e., en la creación de los museos, en la ley), para los hijos esto no es suficiente. El conflicto radica en que el estado bloquea la posibilidad del parricidio a través del discurso heroico del desaparecido.

Como respuesta a esta tensión, algunos escritores como Semán buscan discursos que incluyan su experiencia personal. Sus relatos descubren espacios para conocer otras subjetividades que permiten entender la herencia de la violencia estatal y las complejas consecuencias que generó. Las reflexiones de Ann Cvetkovich (2003) en torno al concepto de trauma y la teoría de los afectos ayudan a entender mejor la dicotomía entre lo íntimo y lo público.4 En el caso de la novela que analizo, la propuesta de Cvetkovich muestra que en esta tensión es la matriz creativa de los relatos. Ella estudia el trauma no como un evento que perturba la vida diaria, sino como una cotidianidad en sí misma.5 Como señala, entre los propósitos de su libro, An Archive of Feelings: Trauma, Sexuality, and Lesbian Public Cultures, “I want to place moments of extreme trauma alongside moments of everyday emotional distress that are often the only sign that trauma’s effects are still being felt” (3). A partir del rescate de documentos omitidos por el discurso oficial, se accede a afectos que se viven de manera privada, pero que conforman parte del ámbito público, pues retratan a una colectividad que vive en una situación de persistente trauma (7- 8).   

En el caso de Soy un bravo piloto de la nueva China (Soy un bravo, en adelante), se relata la búsqueda de la imagen paterna de Rubén Abdela, hijo del desaparecido Luis Abdela. Ante la próxima muerte de su madre, el narrador decide revisar su historia familiar para enfrentar el trauma de la desaparición de su padre. Paralelamente, Fausto Amador, hijo del represor Aldo Capitán, fracasa en reconciliar su figura paterna con el oficio de éste como torturador.

La novela se divide en tres espacios: la ciudad, el campo y la isla. En ‘La ciudad’, se hace referencia a la estadía del protagonista en Buenos Aires. ‘El campo’ describe la vida en un centro de detención durante la Guerra Sucia. Ahí, se recrean la dinámica de los militares y los diálogos entre Aldo Capitán y el detenido Luis Abdela. ‘La isla’ funciona como un espacio de vacación en el que los visitantes pueden acceder a diversos recuerdos y recreaciones sobre el Proceso. En este lugar, Rubén puede observar desde diversas aristas la historia de su padre militante.

En estos tres espacios se delata la existencia de varias representaciones del padre desde diversos puntos de enunciación, lo que complejiza determinarlo como un héroe nacional o como un militante comprometido que desampara a su familia. De este modo, lo que Soy un bravo revela es la dificultad del protagonista de conciliar las imágenes del padre que lo abandonó con las del héroe y víctima del terrorismo de estado.

Al inicio del relato, Rubén ingresa a su apartamento y se encuentra con la sombra de su padre ahorcado proyectada sobre la pared. Aunque el protagonista sabe que su padre fue asesinado por las fuerzas militares, él revela que “durante muchos años había pensado en un suicidio de mi padre, en varios” (13). Imaginar estas muertes tiene múltiples significados vinculados con la imagen paterna como sujeto familiar y, al mismo tiempo, símbolo nacional. Como los héroes trágicos, el supuesto suicidio implicaría el control del sujeto sobre su vida y su muerte. Esto se relaciona con las acciones políticas y el compromiso social de Luis Abdela, que lo condujeron hacia su homicidio. Además, fantasear con este suicidio se asocia con la incapacidad del hijo de aceptar el modo en que el padre fue víctima de la violencia estatal. El suicidio imaginado puede interpretarse como la dificultad del protagonista de asesinar simbólicamente a su padre.

Tanto en los capítulos de ‘La ciudad’ como de ‘El campo’, las acciones del padre se remiten a su militancia política, a la forma en la que definía su existencia y, con ella, las decisiones de su vida privada. En una carta que el padre escribió a la madre cuando Rubén era un niño, Luis Abdela señala: “Para nosotros, Monita, nosotros no podemos tener ningún problema individual sin considerarlo como dos revolucionarios […] nosotros, Monita, solo somos revolucionarios si somos capaces de sacrificar nuestra felicidad de clase por la felicidad de todos” (187-90). El padre revela la prioridad que tiene la lucha social sobre la vida familiar y las concibe como esferas separadas. Después del éxito de la primera, él puede dedicarse a ser un hombre de familia para los Abdela. La ceguera de éste ante su utopía social es tan fuerte que se priva de su felicidad personal o ‘de clase’ por la de su comunidad, aunque esto genere la desdicha de sus seres queridos.

En este punto es importante usar las reflexiones del martirio de Agamben, porque, en el caso de Luis Abdela, éste sacrifica su espacio privado y el estado usa este sacrificio para definir a este sujeto como mártir:

[t]he doctrine of martyrdom therefore justifies the scandal of a meaningless death, of an execution that could only appear as absurd. Confronted with the spectacle of a death that was apparently sine cause […] made it possible to interpret martyrdom as a divine command and, thus, to find a reason for the irrational. (27)

Durante el gobierno de Kirchner, los militantes caídos en el terrorismo de estado son exaltados como héroes patrios y se vuelven los defensores de la libertad. Su lucha se refleja triunfante en el retorno a la democracia después de la Guerra Sucia bajo el discurso de la memoria que establece Kirchner, quien se considera su autor y promotor. De tal manera, este discurso es capaz de darles un sentido. Según esta lectura de las muertes, las matanzas durante el terrorismo de estado permiten que las nuevas generaciones vivan en una sociedad más justa debido al sacrificio de los desaparecidos.

El problema es que para los hijos de estos mártires la promesa de la felicidad es, en realidad, la experiencia de un trauma cotidiano. El protagonista percibe las aspiraciones del padre como inválidas no solo por su incumplimiento, sino también por las contradicciones que éstas delatan: “Pero nosotros también somos la patria. Nosotros somos la patria, así que no sé a quién le estaban ofrendando la vida. ¿O quién se quedó esperándolos todo este tiempo? Si era por la patria podría haber vuelto a cenar y nos ahorrábamos el funeral” (145). El hijo considera que esa muerte paterna fue innecesaria y esta reflexión descoloca al padre de su posición de mártir.

Cvetkovich plantea que “the nuances of everyday emotional life contain the residues that are left by traumatic histories” (280). Esto delinea cómo la desaparición del padre y el discurso de la memoria institucionalizada son las condiciones que configuran el trauma de Rubén Abdela. Él no encuentra un espacio en el cual expresar las contradicciones de su vivencia. El problema ya no es el de los desaparecidos que no pueden articular su experiencia, sino el de sus descendientes que no pueden articular su historia fuera de la memoria oficial. Es así como la desaparición del padre y su reconocimiento como mártir no revelan las fisuras de sus convicciones políticas. Este vacío afecta a sus descendientes dejándolos en una situación de trauma constante.

Las situaciones retratadas en ‘El campo’ y ‘La ciudad’ contrastan con los hechos que suceden en los capítulos que corresponden a ‘La Isla’. Aquí se reproducen de manera cinematográfica los recuerdos de personas que sufrieron la violencia durante la Guerra Sucia. Este espectáculo está organizado bajo las normas del sistema neoliberal y plantea la posibilidad de un tipo de archivo de la memoria dictatorial.

En uno de los escenarios recreados en ‘La isla’, el protagonista presencia la última conversación de su padre con el represor Aldo Capitán. En este diálogo, Capitán coloca al mismo nivel las acciones de los militares y los militantes durante el terrorismo estatal, y ubica a ambos grupos ideológicamente opuestos al mismo nivel ético. Capitán confiesa al padre de Rubén que: “torturar nos hace humanos [l]a verdad sea dicha, Abdela, nada, absolutamente, nada de lo que hayamos hecho o dejado de hacer usted y yo antes o después nos define más que la tortura [A lo que Abdela contesta] de distinto modo nos define” (230- 31). Las palabras de Capitán revelan un intento de neutralizar la barbarie de sus actos y la de los militares comparándolos con los de Luis Abdela. Sin embargo, lo que esta escena demuestra es la inconsistencia de esta equiparación por parte de Capitán. Los dos hijos manifiestan, una generación después, que la herencia de las actividades de los padres definen la manera de sobrellevar el trauma de sus vástagos. Tanto los hijos de las víctimas como los hijos de los represores lidian con esta situación a partir de su relación con el padre.

Aldo Capitán, torturador del Campito, sufre las consecuencias de sus actos en el espacio familiar. Él padece de un fuerte desorden de estrés pos traumático (PTSD, en inglés) después de la tortura y el asesinato de Luis Abdela. Esta situación revela su empleo como torturador ante su esposa y consecuentemente se separa de él junto a su hijo, Fausto Amador. Con el fin de la Guerra Sucia, Aldo Capitán se dedica a trabajar para una compañía de remesas administrada por otro torturador. Los representantes de la represión estatal tienen la oportunidad de reinsertarse en la vida cotidiana de Buenos Aires. Los crímenes de Capitán no atraviesan un proceso judicial, pero este personaje será ajusticiado por su propio hijo. Por ende, desde lo privado el torturador sufre la venganza de sus actos. Fausto es la otra alternativa a la hora de enfrentar el trauma de tener un padre represor. Aunque en un primer momento se describe que él deseaba tener una relación con el progenitor durante su infancia, después se separa furiosamente de él.

Al final de la historia, Fausto asesina a su padre, Aldo Capitán. El diario que registra la noticia no se equivoca al referirse a una pelea entre ambos personajes. Sin embargo, este juicio puede ser reduccionista, pues aunque el lector sepa que el motivo del parricidio radica en la ex profesión del padre, el artículo del periódico solo señala “las mismas fuentes dijeron desconocer si había conflictos familiares entre padre e hijo” (283).

Es significativo que, pese a que Capitán es acusado de violación de derechos humanos, su caso nunca es procesado judicialmente. El ex represor se reinserta en la vida de un ciudadano regular al conseguir un trabajo tan inofensivo como el de taxista. Ante las dificultades o dilaciones que los sistemas jurídicos enfrentan, es su plano familiar el que termina juzgando a sus propios miembros. En el caso de Fausto, no solo se trata de una venganza contra los actos de injusticia que el padre cometió contra los detenidos sino también de eliminar el origen de su estigma como hijo de torturador. Al asesinar al padre, el hijo cree que podrá formarse como sujeto fuera de la identidad determinada por su progenitor. El problema radica en que el peso del discurso de la memoria difícilmente le permitirá salir de esa condición aunque ajusticie a su padre.

En el epílogo de la novela, se retoma el escenario de la sombra del padre ahorcado. Allí, el protagonista se percata de la irrealidad de la sombra de su padre y, en su sala, concluye que “no había cuerpos, ni padres, ni hijos” (284). Al final de la historia, Rubén Abdela abandona la fantasía del suicidio paterno y elimina las imágenes mentales que determinan su subjetividad a partir de su parentesco con el padre desaparecido. Al retomar la escena inicial, se representa el asesinato simbólico del progenitor.

El narrador de Soy un bravo plantea dos situaciones con las que se puede lidiar con el trauma a partir de la herencia de las víctimas y los culpables en la Guerra Sucia. Para poder sobrellevar el trauma, Fausto se remite al parricidio físico en vez de realizarlo solo simbólicamente como lo hace Rubén Abdela. El trauma de tener un progenitor imputado en la causa por violaciones a los derechos humanos puede resultar hasta más complejo que el trauma de Rubén, debido a que Fausto reconoce y condena los crímenes cometidos por su padre.

Mientras que Rubén Abdela lucha con el peso de la memoria oficial que percibe a su padre como un defensor de la democracia e intenta reconciliarla con su recuerdo personal de él, Fausto tiene que sobrellevar el lastre de tener un padre sobre el que recae toda la reprobación social. Esta carga termina siendo más pesada que la relación de admiración que sentía hacia su progenitor y es la que lo convierte en un parricida.

La violencia que Rubén Abdela y Aldo Capitán ejercieron durante la Guerra Sucia, tanto en la esfera privada como pública, no finaliza con la elaboración de la memoria oficial en Argentina. A pesar de que ésta permita un reconocimiento social de los responsables y se logre reparar a las víctimas, las personas que heredan estas historias deben encontrar maneras de negociar su propia subjetividad con un discurso institucionalizado. En el caso de la experiencia personal, como sucede con Fausto, él reproduce la violencia que su padre ejerció en El Campito, pero ni siquiera de esa forma logra desvincularse de su imagen paterna. En el caso de Rubén, la revisión de las diversas perspectivas del padre lo ayuda a romper simbólicamente con él.6 En su estadía en la Isla, su mentora de viaje le explica que esa no es su historia, sino lo que él decida hacer con ella y eso es, en resumen, el presente (274). De nuevo, el trauma de la violencia no debe ser enfrentado sólo por los que la ejecutaron, sino por la siguiente generación que vive sus consecuencias.

En la última escena en la isla, Rubén observa la perversidad del proyecto de este lugar que busca mercantilizar los recuerdos de diversas personas con el fin de recrear experiencias verídicas en torno a la Guerra Sucia. En esta parte aparece Luis Abdela conversando con los administradores de la isla acerca del proyecto de éstos. Contrario a sus ideas, Abdela termina declarando que el perdón que él ofrece no busca ayudar a intereses económicos, por el contario, “mi perdón es para mis hijos, para su futuro. Pero el fondo de las cosas es imperdonable, ese es el costo a pagar” (270). Abdela acepta, entonces, la responsabilidad del desamparo en el que deja a su familia fuera de una visión en la que él se concibe como un héroe patrio. Con esta declaración, el padre se humaniza, pues reconoce su muerte no como salvadora sino como un evento que perjudica a sus seres más cercanos. Al determinar que su acción es imperdonable, solo le queda al hijo aceptar el reconocimiento del error del padre sin colocarle significados heroicos que le den un sentido a esta muerte.

Después de esta confesión, la isla y esta suerte de archivo se desvanecen. La posibilidad de salida de este espacio representaría la negociación de Luis Abdela con el discurso de memoria oficial y su subjetividad a partir de la humanización de la figura paterna. Esto, a su vez, permite el asesinato simbólico del padre que sucede al final de la novela.

Soy un bravo piloto de la nueva China es un relato que desafía las versiones maniqueas de víctimas y culpables que se establecen con el regreso a la democracia después la Guerra Sucia en Argentina. A través de la búsqueda del padre desaparecido, el narrador cuestiona la imagen social con la que se dotó a su progenitor y, por extensión, al discurso oficial de la memoria. Este protagonista se enfrenta a una situación de trauma cotidiano en la que la forma en la que se construyen estos padres como figuras públicas no corresponde con la de la esfera privada.

Esta nueva manera de representar la herencia de la violencia como trauma cotidiano, abre una fisura que sutilmente socava la imagen del gobierno de Néstor Kirchner (2003- 2007) y su continuación con Cristina Fernández (2007- 2015) como un gobierno que incluye a todos. La restitución de la memoria y su institucionalización es un triunfo de las luchas sociales que buscan reivindicar un pasado de terror. Sin embargo, la solidez del discurso oficial de la memoria eclipsa la mirada a los problemas sociales actuales. El progenitor de la novela analizada y la naturaleza patriarcal del discurso estatal kirchnerista delatan las propias carencias de una ideología que deja fuera una serie de subjetividades. Es por ello que la dificultad de este hijo es doble: no se trata solo de asesinar simbólicamente a su padre, sino de hacerlo bajo un discurso totalizante de memoria colectiva que bloquea el parricidio.

La trascendencia de las memorias disidentes de los hijos de los desaparecidos permiten mirar las fisuras del presente. Huyssen señala: “[m]emory of the dictatorship clearly was crucial for the success of Argentina’s transition to democracy [t]his ‘success’ has certainly been a factor in keeping the military in the barracks during the economical and social free fall of Argentina since 2001” (171). De tal manera, ante la omnipresencia del discurso de la memoria oficial, se olvidan las nuevas demandas sociales. Soy un bravo piloto muestra que el pasado dejó de ser el problema social que más afecta a la Argentina del siglo XXI.

Last Updated 1 year ago


Bibliography

  • Agamben, Giorgio. Remnants of Auschwitz: The Witness and the Archive. Nueva York: Zone Books, 1999. Impreso.
  • Assmann, Jan. Cultural Memory and Early Civilization. Cambridge: Cambridge UP, 2011. Impreso.
  • Cvetkovich, Ann. An Archive of Feelings: Trauma, Sexuality, and Lesbian Public Cultures. 3a ed. Durham: Duke UP, 2008. Impreso.
  • - – -. Depression. A Public Feeling. Durham: Duke UP, 2012. Impreso.
  • Derrida, Jacques. Writing and Difference. Trad. Alan Bass. Chicago: Chicago UP, 1978. Impreso.
  • Freud, Sigmund. Totem and Taboo: Some Points of Agreement Between the Mental Lives of Savages and Neurotics. Trad. James Strachey. Londres: Routledge, 2001. e- Book. Web. 30 de noviembre de 2014.
  • Huyssen, Andreas. “Resistance to Memory: The Uses and Abuses of Public Forgetting.” Globalizing Critical Theory. Ed. Max Pensky. Lanham: Rowman and Littlefield, 2005. 165-84. Impreso.
  • Sarlo, Beatriz. Tiempo presente. Cultura y giro subjetivo: una discusión. Buenos Aires: Siglo XXI, 2005. Impreso.
  • Semán, Ernesto. Soy un bravo piloto de la nueva China. Buenos Aires: Mondadori, 2011. Impreso

Citation

Valeria Rey de Castro, « Buscando a un padre desaparecido: memorias disidentes de la Argentina kirchnerista en _Soy un bravo piloto de la Nueva China_, de Ernesto Semán », Journal of Graduate Research, Volume 1.1, Columbia University | LAIC, Department of Latin American and Iberian Cultures (online), published on October 6, 2015. Full URL for this article

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