Abstract

Muertos incómodos [collective fiction]

El 13 de abril del año 2000 se desenterró una fosa en las afueras de Ayacucho, donde se encontró una pila con un número incierto de cuerpos y restos humanos. Muchos de los restos estaban semipulverizados y esparcidos por toda la fosa. Era imposible distinguir la identidad de los muertos…

I

No puedo más. No soy escritor. No soy intelectual. Las palabras no bastan para decir la verdad, la verdad de que esta vida es una guerra. Hay que aceptar este hecho, si uno no quiere doblarse del dolor. Ya aprendí a soportar el dolor.

Me llamaron a la oficina, mientras leía el desagradable informe del fiscal sobre los recientes asesinatos en Ayacucho.

—Comandante, desenterraron otra fosa… Es peor que la última vez….

La voz del soldado se fue apagando y terminó con un silencio interminable. Yo no sentí nada.

—Ya voy. Espérame. No hagas nada hasta que llegue, ¿entiendes?

Entre los cerros, un hoyo. Una oscuridad contenida con esmero por las alturas de este infierno. Me forcé a mirarla hasta aceptarla, hasta incorporarla en mi ser. No me moví por quince minutos, mirando los huesos grises y recordando sus caras torturadas. Los años habían cambiado los cuerpos de los terroristas, pero no habían tocado el vacío dentro de mí. Yo había logrado estar indiferente entonces, con el fusil en la mano y la fila de muertos futuros e inquietos delante de mí; y estaba indiferente ahora, volviendo a visitar el pasado. Me calmé. Entonces di la orden de que viniera el fiscal. Hacía falta de que él también aceptara la muerte.

El imbécil vomitó al echar un solo vistazo a la fosa. Temblaba, parado en el borde y por un momento, creí que iba a caerse adentro. Miré sin cambiar de posición. Todos tienen su propia manera de aceptar la muerte.

Poco después, un soldado lo levantó y el idiota del fiscal se me acercó.

Le conté los hechos básicos sin pensar en nada; en nada sino en esos huesos grises. Vi que él estaba distraído y turbado, siguiendo con los ojos a una mujer que luchaba con los guardias, sollozando que su hijo era uno entre los muertos. Él no me escuchaba para nada. Yo tampoco me escuchaba para nada.

—Vámonos, señor fiscal —dije.

—Deténgalos, comandante —respondió el fiscal, todavía mirando la escena de los soldados y la madre con la que peleaban violentamente.

—Nunca matarían a una madre, señor fiscal. Es una ley natural. No pueden.

De la misma manera que no podemos evitar el dolor y la muerte. Son leyes naturales. La única manera de sobrevivir, por lo menos por un rato, se consigue al integrar esta muerte en cada parte de la vida.

Y a veces este proceso de integrar la muerte convierte a uno en asesino. Así es la vida.

Fuimos al hospital para seguir viendo más muertos.

II

Bajé por la ladera de uno de los cerros. Tropezaba y rodaba hacia abajo, pero siempre me levantaba y seguía mi camino.

Hijo mío… Estás aquí. Lo sé. Puedo sentir tu presencia. He venido a buscarte. He venido a buscar tu cuerpo para poder enterrarte según nuestros ritos. ¿Por qué han profanado tu cuerpo así? Tengo que salvarte. Salvar tu alma. Salvar tu espíritu. Tengo que dejarte entrar en el mundo de las huacas. Te voy a construir una morada cómoda y un buen ajuar. Una morada en la que podrás llevar la nueva vida que vas a encontrar. Te mereces una chullpa1 hijo mío. Una chullpa tan grande como la de los antiguos Çapa Incas2. Te mereces un reposo eterno cielo mío. Voy a encontrar tu cuerpo para embalsarlo y alzar esa chullpa para por fin dejarte descansar.

Tres soldados se acercaron  para bloquearme el paso. Grité. Les dije que tenían que irse y dejarme tranquila. Yo sólo había venido por mi hijo. No estaba haciendo nada malo.

¿Qué querían de mí?

Me acerqué a la orilla de la fosa. Los soldados me tomaron por el brazo. Me estaban haciendo daño, pero conseguí soltarme y corrí rápidamente hacia la fosa. Los soldados inmediatamente corrieron detrás de mí. Llegué a la orilla, pero me atraparon. Trataban de arrastrarme, pero yo no me movía. Gritaba el nombre de mi hijo. Quizás su espíritu me podría oír y me señalaría donde estaba su cuerpo. Se armó un tremendo jaleo detrás de mí, pero no quería voltearme. Lo estaba ignorando todo. Los soldados me gritaban palabras que no entendía. ¿Me hablaban en español?

Esta es mi tierra. La tierra de los incas y de Viracocha. Las tierra de mis antepasados. No la de esos conquistadores que vinieron a destruir y oprimir a mi pueblo.

¿Mama Pacha me oyes? Mama Pacha ayúdame. Ayúdame a encontrar a mi hijo. Te lo ruego. Él se merece más que estar enterrado en una fosa. Todos estos muertos se merecen algo más que estar enterrados aquí. Mama Pacha, por favor, permíteme hacer lo justo.

¿Cielo mío, dónde estás? No te veo. No puedo enterrarte si no te encuentro. ¡Ay hijo! Hazme el favor de responder. Por favor. Te lo ruego. Dame una señal. Haz lo que quieras, pero déjame saber dónde estás. ¡Hijo de mi vida!

Sentí cinco pares de brazos agarrarme y arrastrarme, alejándome de la fosa. Me levantaron y llevaron mi cuerpo más allá de los cerros. Lloraba. Me sentía impotente. No podía salvar a mi hijo. Me tiraron al suelo vociferando en español. Quise levantarme y correr de nuevo hacia la fosa, pero me estaban bloqueando el camino. Estaba agotada. Ya no tenía más fuerzas. Ya no había nada que hacer. Me di por vencida y di la vuelta para caminar hacia casa.

Lo siento, hijo mío. No he conseguido encontrar tu cuerpo. Por favor, no me odies. No hace falta que tengas asco de mí, ya lo tengo yo. Sí. Lo sé. Soy una cobarde. Sí. Tienes razón. No sirvo para nada. Pero, por favor, confía en mí. Nunca dejaré de buscarte. Si no te encuentro hoy, si no te encuentro mañana, ni el año que viene, ni tampoco dentro de veinte años, ya te encontraré un día u otro. Te encontraré algún día y por fin descansarás. No tengo nada más que hacer. Tu eres mi razón de ser. Te buscaré hasta que muera. Te lo prometo. Te lo juro. Hijo de mi vida, te echo de menos. No puedo vivir sin ti.

III

Todavía no sabía dónde estábamos. Los soldados simplemente habían aparecido en mi puerta y me habían ordenaron que me fuera con ellos. ¿Qué querían de mí?

Había intentado hablar con ellos, sólo quería averiguar a dónde me llevaban. Pero la única cosa que me dijeron fue que el Comandante quería verme. Todo era un poco extraño, pensé para mis adentros. Quizás el Comandante quería felicitarme por mi último informe. Sí, esto sería lo más lógico.

El camino estaba lleno de baches, ya no estábamos siguiendo ninguna carretera. La verdad es que me estaban empezando a doler las nalgas. Por fin paramos y los soldados me dijeron que me bajara del jeep. Allí, frente al coche, vi un enorme agujero de por lo menos diez metros de diámetro, y el Comandante me estaba esperado al borde. De inmediato, un sudor frío empapó mi frente. Sabía perfectamente lo que había dentro.

El Comandante señaló a la fosa, señalándome que mirara adentro. Empecé a sacudir la cabeza, pero de pronto sentí un empujón. El miedo me envolvió. Intenté dar la vuelta y regresar al jeep, pero el soldado tenía su arma contra mi espalda. Miré hacia el cielo, hice todo lo que pude para no tener que enfrentar lo que había dentro de la fosa, pero sabía que era inútil. Lentamente bajé la mirada hacia el mar de restos humanos que llenaron el insondable hoyo. El olor podrido a muerte impregnó mis narices. No pude más.

Sentí cómo mis piernas se desmoronaron y caí al suelo, vomitando. Cerré los ojos, preguntándome si los soldados me empujarían a la fosa también. Pensé en ella, mi amor. Pensé en fuego.

Pero, de repente, me levantaron del suelo. Los soldados me llevaron hacia el jeep otra vez. Pude ver que mi cuerpo se estaba moviendo pero mis pensamientos se habían quedado helados en la imagen de las piernas, los brazos, las cabezas. Todo cubierto en sangre y mugre.

—La encontraron anoche, justo cuando acaba de leer su informe. Es la segunda fosa que abren en tres días.

El Comandante me estaba hablando. No sabía cómo responder. No podía responder. Las palabras e ideas estaban volando por mi cabeza y no podía ordenarlas en frases coherentes.

Repentinamente, un chillido atravesó el aire sereno de la mañana. Volví a la realidad y giré hacia la fosa donde vi a una señora. Debía ser la madre de uno de estos pobres muertos, pensé. El Comandante continuó hablando pero no estaba escuchando. No podía desviar la mirada de esa pequeña mujer. Ella no quería moverse, aunque un soldado estaba apuntando una arma hacia su cuerpo. Quizás sus hijos eran terroristas, ¿qué sabía yo?, pero era una madre de todos modos. ¡Los soldados no podían matarla!

—¡Pídeles que se detengan!—grité, girando hacia el Comandante. Pero, a mi horror, no hizo nada. No sabía qué hacer, no podía simplemente verlos matarla. Como último recurso, empecé a agitar mis brazos desesperadamente.

Para mi alivio, vi cómo el soldado guardó el arma y los otros soldados la levantaron y empezaron a alejarse del borde de la fosa. Al fondo, el Comandante había comenzado a hablar de nuevo.

—Nunca matarían a una madre, señor fiscal. A veces el miedo hace que se excedan. A veces han llegado a golpear a alguna. Pero nunca las matan. No lo harían ni con una orden superior. Es más fuerte que ellos. Es una ley natural. No pueden.

Volví a mirar al Comandante. No entendí. Sus palabras me entraban por un oído y salían por el otro, ahogadas por los gritos de la mujer que seguían resonando en mi cabeza.

IV

Maldigo la hora en que lo conocí. Ese día sólo había atendido dos turistas en el restaurante, seguramente americanos. Acababa de ofrecerles arroz blanco con pollo al horno cuando de repente se apareció.

—Necesito que vengas conmigo. Es algo muy importante, de carácter oficial —dijo en tono serio y un poco asustado.

—¿Qué pasó? ¿No ve que todavía estoy trabajando?

— Te dije que es de carácter oficial. Creo que ya encontramos los restos de tus padres —dijo finalmete el fiscal.

Esas palabras retumbaron en mis oídos como si de repente me encontrara en la profundidad de una cueva y sólo escuchara el eco de esa frase; “los restos de tus padres”. Sin darme cuenta había abandonado el restaurante y ahora me dirigía en un autobús militar junto al fiscal de Ayacucho a reencontrarme con  mis padres.

Yo soy como mi madre, aunque me veo más joven. Los hombres me dicen que tengo la cara bonita y que me parezco a las flacas de la televisión, pero no les creo. Tengo el cabello negro azabache al igual que mi madre. Su cabello nunca se le puso gris como a las madres viejas, a mi papá si. Siempre han estado juntos, como ahora, y así van a estar para siempre.

— Ya llegamos, es por aquí. Hay que caminar por este sendero para poder llegar —dijo el fiscal iluminado con una linterna. La luz del sol había dejado de alumbrar y en el horizonte se podía ver el rojo ardiente que pinta el cielo cuando va a llegar la noche. Yo asentí con la cabeza, o quizás con todo el cuerpo porque sólo recuerdo que lo seguía mientras él iba iluminando el sendero que me llevaría a mis padres, que habían desaparecido hacía diez años. Después de unos minutos llegamos a donde ahora viven mis padres.

Era un mar de cuerpos, muertos y vivos. Mis padres están vivos, por eso sé que en ese hoyo gigante que tenía frente a mí habían cuerpos vivos. Pero yo no hice nada, no me lancé a buscarlos, ni grité sus nombres. Solo miraba los colores de la ropa que todavía guardaba su color a pesar de haber estado allí tanto tiempo adornando sus cuerpos. No vi rostros ni nada que me recordara a ellos, tampoco le pregunté al fiscal por mis padres.

— Son amuletos de la muerte, del pasado que vive con nosotros —dijo el fiscal mientras veía caer al hoyo la única lágrima que derramé.

“Maldito fiscal” me dije por dentro. Siempre lo maldije por llevarme a reencontrarme con mis padres en aquel lugar. Era como si quisiera reunirme con ellos para recordarme que habíamos perdido. Pero mis padres nunca perdieron, mis padres están vivos, disfrutando la victoria.

— Sáqueme de aquí —dije. Después empezamos a caminar por el sendero de vuelta al autobús. Ahora estaba más oscuro y la luz de la linterna brillaba mucho más.

V

Yo paseaba por los cuartos sin ningún ruido, sin tocar el piso. Estaba repasando todas las fotos de mi juventud cuando me paré frente a una foto en que estaba riendo y meciendo a mi bebé en mis brazos. Sin pensar, seguí el contorno de mi cara con el dedo. Me maravillaba la mujer de la foto con la piel tan suave y limpia. Absorta, acariciaba la piel de mi propio brazo que estaba chamuscada y negrita, con cicatrices y contusiones preservadas para siempre; fea.

Mientras yo miraba la foto con nostalgia, me percaté que parte de la foto había sido cortada, como si alguien deliberadamente hubiera rasgado parte del retrato. ¿Había otra persona en la foto? Ya no podía recordar…

De repente, escuché unos sonidos cerca de la puerta que interrumpieron mis pensamientos. Mi hijo entró, abriendo la puerta lentamente con una mano que todavía se estaba estremeciendo y yo caminé hacia la puerta para saludarle.

Él me ignoró y parecía muy triste. Sin mirarme, caminó hasta mi habitación y se fue directamente a la cama y acarició la sabana con delicadeza, casi como sus caricias pudieran destruir el material. Me senté en la silla frente a él, mirándolo sin decir nada.

—Ya regreso, mamacita—él dijo con la voz baja. —Siento que los soldados te asustaran en la mañana. No me hicieron daño, pero me llevaron a una fosa común lejos de aquí. Vi unas cosas horribles. Todavía quiero vomitar. Había cajas y cajas de brazos y piernas y huesos…

Yo quería saber más.

—¿Los brazos y piernas estaban quemados como míos? —le pregunté con tristeza, pero mi hijo me ignoró otra vez.

—Había una mujer allí y ella quería entrar y buscar el cuerpo de su hijo, pero los soldados no se lo permitían. Pensaba que ellos iban a matarla porque el comandante no los detuvo, casi mataron a la mujer… Pero el comandante dijo… el comandante dijo que ellos nunca matan a las madres…—¿Pero tú, sí? —terminé la frase que mi hijo nunca iba a completar. Sentía una tristeza enorme cuando él cerró sus ojos para parar las lagrimas que se habían formado. Ahora, ya no me sentía traicionada como en los primeros años. Aunque nunca olvidaré el día, ya perdoné a mi hijo.

—Ay, mijo…—murmullé.

Mi hijo se levantó y encendió el hogar. Yo miraba al fuego y me recordé el día como si hubiera sido ayer. Mi esposo estaba pegándome y pegándome. Marcas rojas y verdugones aparecieron en mis brazos, mi cara y por todas partes. Casi me desmayé por el dolor y el hedor horrible del alcohol y el tabaco. Grité y grité y temía que él le pegara a mi hijo también pero no sabía dónde estaba.

Recordé el sonido de alguien tirando la lámpara al suelo y las pisadas de mi hijo corriendo y escapando a un lugar muy lejano. De repente el cuarto se llenó de llamas.

Cerré mis ojos y recordé y recordé mi muerte. Cuando abrí mis ojos, me di cuenta de que mi hijo estaba llorando y sus sollozos rompían mi corazón.

—Solo eras un niño, no sabías lo que hacías. Si me escucharas, si me vieras, sabría cómo abrazarte, mijo… cómo quisiera limpiar sus lágrimas…

Ahora no tenía ningún sentimiento de traición, solo tristeza por mi hijo y su incapacidad de olvidarme. Pero ya no podía hacer nada. Solo podía mirar y hablar sin ser escuchada.

VI

—¿Se encuentra el doctor Faustino Posadas? Necesito hablar con él inmediatamente —dijo el fiscal.

—El doctor está muy ocupado en este momento. Llegaron muchos cadáveres hace unos minutos y les está haciendo la autopsia, —dijo la enfermera.

—¡Enfermera, dígale que es importante!

—Señor, va a tener que esperar.

Hoy, 13 de abril las cinco en punto me llegaron restos humanos quemados de varias personas. No supe mucho de lo que había pasado, lo único que me dijeron es que tenía que juntar los restos e identificar a los diferentes cuerpos.  Entonces me fui para el quirófano, traté de organizar mis papeles, igual que traté de organizar mis pensamientos. Me quedé paralizado mirando las piernas, los brazos, las cabezas quemadas repartidas por todas partes del quirófano. Sé que debía poner los restos juntos, para poder identificar los cuerpos, pero nunca fui bueno con los rompecabezas. Crucé los brazos y me quedé mirando los diferentes miembros un rato más, esperando algo, tal vez una repuesta. Sin embargo, todos estaban esperando los análisis y el acta de cada muerto. De repente, algo me espantó, fue la enfermera que entró al quirófano y dijo:

—Doctor, el fiscal está allí afuera esperándolo, y parece que es muy importante.

—Yo sé lo que quiere el fiscal C. Él quiere los análisis, pero ni siquiera he empezado a juntar los miembros y hacer la autopsia.

—¿Por qué no?

—¿Enfermera, sabe usted por qué no me gustan los pacientes vivos?

—No doctor, no lo sé.

—Porque los pacientes vivos hablan mucha mierda y se quejan de todo. Siempre quieren que uno les resuelva los problemas físicos, emocionales, mentales, los problemas con la mamá, el papá, y con su pareja. Es demasiada carga.

—¿Por qué me está diciendo eso?

—Porque estos miembros son como pacientes vivos.

—¿Cómo? No entiendo qué quiere decir.

Para mí lo más fácil de mi trabajo es que nunca tengo que saber o entender quienes son mis pacientes. Sólo tengo que saber cómo murieron, no por qué o quién los mató, los detalles de mis pacientes nunca me importaron.

—Porque para poder juntar estos miembros y volver a formar una persona, y al fin poder firmar el acta, necesito entender cada pedazo de esa persona, necesito entender sus pensamientos, quién fue, sus problemas, sus conflictos más íntimos, sus sueños y sus aspiraciones.

—¿Por qué? —La enferma pensó que el doctor Posadas se estaba volviendo loco.

—¿Cómo puede uno juntar las piezas de un rompecabezas sin la foto completa? No se puede.

—Doctor, estoy muy ocupada con otros pacientes; hablamos más tarde. No se olvide que el fiscal lo está esperando.

— ¡Dile al fiscal que pare de joder! Yo necesito poner estos muertos a descansar, necesito calmar sus llantos, y para hacer eso hace falta tiempo.

—Perdón Doctor, pero no creo que ese sea su trabajo, sólo haga sus análisis, firme el acta y entrégueselo al fiscal.

De nuevo mi mirada se quedó fija en los restos. Nunca me importó quienes eran mis pacientes, si eran malos o buenos, para mí todos son lo mismo, todos van para el mismo lugar. Pero estos restos sólo estaban perturbando mi conciencia.

VII

Los sábados a las 6 escucho confesiones. Los feligreses del Corazón de Cristo siempre tienen mucho que contarme. El fiscal también, pero él siempre escogía el peor momento para venir a hablarme. Entró en mi oficina a las 5:45.

—Escuche, señor fiscal, no quiero ser grosero, pero estoy por salir ya. Hay pecados que absolver.

Le guiñé un ojo y me puse de pie, listo para acompañarle a la puerta, asegurándole mientras tanto, que estaría aquí para hablar en otro momento. A pesar de mis gestos el fiscal no hizo nada; tenía una mirada perdida. De repente, se puso a hablar.

—Descubrieron otra fosa. Me obligaron ir a verla aunque no quería. Nunca en mi vida he visto tanta muerte.

Pude ver que estaba perturbado, conmovido… le invité a sentarse y miré el reloj en la pared. Tendría que irme en diez minutos. No sabía qué decirle así que le hice una pregunta.

—¿Quiénes la descubrieron?

—Los soldados, una patrulla militar. Sabe, lo que más me sorprendió no eran los cuerpos. No eran ni los brazos, ni las piernas, ni las cabezas decapitadas… fue que yo podía imaginarme como uno de ellos. Me vi a mí mismo dentro de ese hueco. Como si yo fuera uno de esos patéticos cadáveres.

Dejó de hablar y me miró, quizás esperando un poco de consuelo, quizás queriendo reconfirmación de que sus preocupaciones no eran las de un hombre loco. Me quedé pensando unos segundos. ¿Qué le puede decir a alguien que ha visto cosas así? ¿Qué consuelo le puede ofrecer a alguien que ha experimentado tanta muerte? … ¿y con solo cinco minutos? Traté de ofrecerle una respuesta.

“Acuérdese, señor fiscal, aquellos cadáveres que vio no eran más que cuerpos. ¿Pero usted? Sí que es mucho más. Posee un cuerpo pero también tiene alma, y eso lo distingue. Deje de imaginarse parte de esa pesadilla. Quizás aquellos cuerpos han muerto, ¿pero las almas que los habitaron previamente? Siguen viviendo. Así es que creemos; la vida no termina con la muerte. No deje que estos pensamientos le molesten demasiado, no se fije usted en ellos.”

Soy bueno para dar consejos, incluso cuando yo mismo no estoy muy convencido de ellos. La fe a veces flaquea ante tanta muerte y tanto terror. Me quedé mirando al fiscal; parecía tan preocupado como cuando entró en mi oficina. Por un lado quería quedarme y hablar más con el pobre hombre; por otro, quería pasar a cosas más sencillas, a asignar penitencias y perdonar pecados. Me puse de pie de nuevo y esta vez el fiscal hizo lo mismo.

Le estreché la mano y me despedí con prisa, intentando sacudir aquella conversación de mi mente. Las almas que querían confesarse me esperaban.

VIII

Cerró  los ojos, quiso evitar ver las barras de la cárcel mmmmientras salía. Sonreía, como si esto afectara en algo el sentimiento de culpabilidad que tenía Sé que esto lo hizo reflexionar, pensó nuevamente en el conflicto interno en el que lo había dejado un donnadie como yo. ¡Tenía que regresar a mí! Tenía una intensa necesidad de saber cómo yo se de su pasado, pero sobretodo necesitaba resolver el misterio sobre si el terrorismo era solo parte de mi pasado, o todavía existía en  en  mi presente. Una vez más, el miedo invadió su cuerpo.

Regresó a que lo revisaran de pies a cabeza en la cárcel. Después de haber estado allí antes, se le hizo más fácil entrar. ¡Pero por supuesto! Teniendo el nombre de Carrión como contraseña principal, demostraba lala  falta de respeto hacia funcionarios menores, pero aparentemente quiso evitar entrar en discusiones, los policías no entenderían esto.

Se le abrieron las puertas de par en par y al encontrarme exigió que le explicara la razón por la cual yo sabía su historia ¿Cómo si yo debiera someterme a sus exigencias?

—Le contesté que el terrorismo nunca moriría, que así como los cuerpos de las víctimas son espejos que se multiplican, el pasado se repite, se multiplica, y probablemente regresa más fuerte. Que existimos personas que estamos pagando nuestras deudas a la sociedad a través del encierro obligado, pero que el mismo encierro hace que la sociedad esté en deuda con nosotros, ¡y por eso el terrorismo continúa! Ellos lo deben.

—Nosotros, los terroristas tenemos el poder de manipular. Obviamente todo esto sucedió a través de un juego de palabras y confusiones absurdas a la que lo sometí, pero lo único que logré fue perturbar su mente y confundirlo más. Evité hablarle, pero no pude contener mis palabras.

—Fiscal, mi mal querido fiscal, cuando se empieza a ser parte de las instituciones gubernamentales, ya se es parte del problema. Esto así tanto para los criminales, como para el pueblo. Estudiar tu pasado, solo es parte de estar por encima de la autoridad. Y en este momento la autoridad eres tú, pero también eres tú el criminal. Los funcionarios públicos tienen las manos igual de sucias que nosotros, “los terroristas”. Nosotros lo sabemos todo.

—A pesar de que lo haya dejado intrigado con mis respuestas y con mi voluntad de cooperar como estrategia de confusión, decidió creerme. Entonces se fue. Sabía que no lo ayudaría con ningún caso. No le debo nada.

IX

Yo ya estoy libre, pero el pobre conchasumadre que traen no lo está, pobre diablo, las matanzas siguen y va ser él el que siga en esta historia. ¿Qué se podrá decir de éste, que viene solo contra el mundo? Mi error es no saber nada, el suyo es saber demasiado; pero, en realidad, él tampoco sabe nada. Está rodeado, pero está tan solo y ahí está el amigo del desgraciado que decidió que yo no era nada. Mi error fue vivir en la memoria, vivir en el pasado. El futuro no me necesita en absoluto, pero Justino, mi hermano, tiene que ser el que siga, que se forme la claridad, la libertad. No sé por qué sigo tan incómodo, pero con la ayuda de Justino tal vez encuentre la paz.

Volviendo al pobre diablo este, lo traen a verme, a que vea toda la masacre de la libertad de un glorioso país. Aunque parezcan tan sucios, tan sangrientos, y tan descompuestos, estos cadáveres aquí conmigo están más limpios que los conchasumadre de esos asesinos. Los militares son un asco, y ellos son los verdaderos animales, matándose entre sí y a cualquiera que se oponga a su oro. Son igualitos a los conquistadores blancos, sólo quieren el oro y descansar mientras el indio se jode solo. Y el pobre aquí solo, hacía lo que se le decía que tenía que hacer. Hasta cumplir su deber lo lleva a uno a la muerte. Las descripciones de sus trabajos deberían decir que te jodes cuando entras con el gobierno. Ignora toda la sangre que te salpica en la cara, y te ascienden hasta que no te salpique más, pero nunca te puedes limpiar. Nosotros en esta fosa estamos limpios ya. No te importe la mugre, la sangre seca. Ya nos hemos librado de todo. Lo arrodillan en la orilla. Ya llegó a su fin el pobre conchasumadre. Nos mira y sabe que por fin podrá ser libre.

¿Qué? ¿Cómo? Lo levantan y se va. ¡No puede ser! Seguro todavía tienen algo planeado con el pobre antes de que pueda morir… Mamá, te escucho madre mía. Por favor, descansa un poco, ya soy libre. Aquí ya no me pueden hacer daño y entré en la memoria de todos. Mi cuerpo no lo necesitas, porque ya salió mi espíritu y está con Justino. A tantas fosas fuiste y ahora me encuentras, pero no importa, Mamá. Descansa, por favor. Ya acepté mi lugar aquí, y pronto me encontraré contigo y con Justino.

Last Updated 3 years ago


Citation

Tatiana Saltos, Marc-Aurèle Ferracci, Edgar V. Flores Tlahuel, Xiomara A. Torres, Christine Wang, Hannah C. Ellison, Annell A. Ovalles, Jenny K. Schroder and Pavel S. Williams, « Muertos incómodos », Journal of Undergraduate Research, Volume 1.1, Columbia University | LAIC, Department of Latin American and Iberian Cultures (online), published on February 23, 2015. Full URL for this article

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